jueves, 14 de diciembre de 2017

20






La tarde sueña
las ramas de la niebla.
Todo es silencio.










Duermen los árboles
desnudos en la niebla.
Se sueñan flor. 




Caen los años.
Vuelven hacia la tierra.
Como las hojas.




Haiku


                               ÍTACA

          Siempre en camino.
        Desplegados los mapas.
        Y no llegar.


martes, 12 de diciembre de 2017

Mῦ (1)


            Recuerde el lector que en la epopeya homérica el baqueteado Odiseo cumple su segundo día como huésped de honor de la corte feacia, ante la que sigue relatando sus venturas y aventuras. En apretada síntesis, he aquí lo sucedido en las últimas cinco rapsodias: el ofrecimiento, rechazado, de Nausicaa en matrimonio (rapsodia 7), las competiciones atléticas, el banquete amenizado por Demódoco y las lágrimas del héroe al rememorarse los días de la caída de Troya (rapsodia 8), relatos del encuentro con los cicones, con los lotófagos, con el cíclope Polifemo, y la llegada a la isla de Eolo (rapsodia 9), la isla de los antropófagos gigantes, los lestrigones, la isla de Circe (rapsodia 10), el viaje al reino de los muertos y el oráculo de Tiresias (rapsodia 11).
       La rapsodia duodécima comienza con el regreso de Odiseo a la isla Eea para enterrar con honores al compañero Elpénor, el que se rompió la cabeza al caer desde el tejado del palacio de Circe: “cortamos troncos y, afligidos y vertiendo abundantes lágrimas, celebramos las exequias en el lugar más eminente de la orilla. Y no bien hubimos quemado el cadáver y las armas del difunto, le erigimos un túmulo, con su correspondiente cipo, y clavamos en la parte más alta el manejable remo”.
        Tras ser bienvenidos por Circe y regalados por sus bellas sirvientes con abundantes viandas y dulces vinos, la maga hace un aparte con Odiseo y le indica la manera de superar los peligrosos próximos obstáculos que se encontrará cuando se eche de nuevo al mar: la isla de las Sirenas, el estrecho de Escila y Caribdis,  la isla de los rebaños del Sol.


        El de las Sirenas es uno de los episodios más arraigados en el imaginario popular, a pesar de que el encuentro de Odiseo con estos fantásticos seres encantadores ocupa poco más de 30 hexámetros en la obra de Homero. Bien conocida es la estratagema con que el héroe consigue oír el canto de las sirenas sin sucumbir a su embeleco, aunque esta vez el ardid no es hijo de su ingenio sino de la benefactora Circe: “tapa las orejas de tus compañeros con cera blanda, previamente adelgazada, a fin de que ninguno las oiga; mas si tú desearas oírlas, haz que te aten en la velera embarcación de pies y manos, derecho y arrimado a la parte inferior del mástil, y que las sogas se liguen a él: así podrás deleitarte escuchando a las sirenas. Y en caso de que supliques o mandes a los compañeros que te suelten, átente con más lazos todavía” (193).
        Las que atan, las que encadenan —por ahí va la etimología de Seirήn—, fabula Homero, “encantan a cuantos hombres van a su encuentro. Aquel que imprudentemente se acerca a ellas y oye su voz, ya no vuelve a ver a su esposa ni a sus hijos pequeñuelos rodeándole, llenos de júbilo, cuando torna a su hogar, sino que lo hechizan las sirenas con el sonoro canto, sentadas en una pradera y teniendo a su alrededor enorme montón de huesos de hombres putrefactos cuya piel se va consumiendo” (193). Cómo es esa maravillosa música magnética, se preguntará el lector, que se quedará sin respuesta, pues Homero no describe con minucia el son —se limita a unos simples “suave” y “hermosa voz”—, y solamente nos ofrece la letra: una falsa invitación al merecido descanso en el regreso desde Troya y una promesa de conocimiento.
       La fascinante belleza de estos extraños seres relacionados con el inframundo —aves con cabeza de mujer; la representación de las sirenas con torso de mujer y cola de pez surge en la Edad Media—, y sobre todo la turbadora hermosura de su canto, tienen el contrapunto de la horrible muerte por consunción de todo hombre que se les acerca y escucha su maléfica música. Las sirenas simbolizan la realidad maravillosa, el sueño tangible, la fantasía de un ser hermoso que nos llama y se nos ofrece, la irresistible fascinación, pero también la hipnosis fatal, el canto que induce al olvido, la aguda voz que taladra el corazón y aniquila la voluntad, el abandono, el anonadamiento, la entrega arrobada a la belleza y a la muerte.



           

domingo, 10 de diciembre de 2017

Lucio Urtubía, albañil, anarquista


La utopía es necesaria.

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El ser es lo que es por lo que hace.

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¡Qué placer robar a la patria aquella!

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El dólar es la moneda más fácil de falsificar de la tierra.

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La falsificación de cheques del City Bank no es ya un trabajo, es un placer.

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El Che era argentino, y los argentinos se creen mejores que los de Bilbao. No nos entendimos.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Los dones de las hadas (XX)




    Érase una vez la gran asamblea de las Hadas para proceder al reparto de los dones entre los recién nacidos llegados a la vida en las últimas 24 horas.
         Todas aquellas antiguas y caprichosas Hermanas del Destino, todas aquellas extrañas Madres de la alegría y del dolor eran muy diferentes entre sí: unas tenían el aire sombrío y malhumorado; otras, aspecto alocado y malintencionado; estas, jóvenes que habían sido siempre jóvenes; aquellas, viejas que habían sido siempre viejas.
         Todos los padres que creen en las Hadas habían acudido, cada uno con su recién nacido en brazos.
         Los Dones, las Facultades, las buenas Suertes, las Circunstancias invencibles se acumulaban junto al tribunal como los premios en el estrado para su reparto. La única particularidad es que los Dones no eran la recompensa por un esfuerzo, sino al contrario, una gracia a quien no había vivido aún, una gracia que podía determinar su destino y convertirse tanto  en la fuente de su desgracia como en la de su dicha.
         Las pobres hadas estaban muy atareadas, pues la multitud de los solicitantes era grande y el mundo intermediario, situado entre el hombre y Dios, está sometido como nosotros a la terrible ley del Tiempo y de su infinita posteridad: los Días, las Horas, los Minutos, los Segundos.
         Ciertamente, las hadas estaban tan azoradas como un ministro en día de audiencia, o como los empleados del Monte de Piedad cuando una fiesta nacional autoriza los desempeños gratis. Creo incluso que ellas miraban de vez en cuando las agujas del reloj con tanta impaciencia como jueces humanos que tras toda la mañana de sesiones no pueden evitar soñar con la cena, con la familia, con sus queridas pantuflas. Si en la justicia sobrenatural hay algo de precipitación y de casualidad, no nos extrañe que ocurra lo mismo en la justicia humana. En ese caso, nosotros seríamos jueces injustos.
         También hubo aquel día algunas meteduras de pata que podrían considerarse raras si la prudencia, más que el capricho, fuese el carácter distintivo, eterno, de las Hadas.
         Así, el poder de atraer magnéticamente la fortuna fue adjudicado al heredero único de una familia muy rica, que, sin estar dotado de sentido alguno de la caridad ni de codicia alguna por los bienes más visibles de la vida, debía encontrarse más tarde prodigiosamente cargado de millones.
         Así, fueron concedidos el amor por la Belleza y el Poder de la poesía al hijo de un pobre patán, picapedrero de oficio, que no podía de ninguna manera ayudar a sus facultades, ni mitigar las necesidades de su deplorable progenitura.
         Se me olvidaba decir que el reparto, en estas ocasiones solemnes, es sin apelación, y ningún don puede ser rechazado.
         Se levantaban ya todas las Hadas, creyendo cumplida su tarea, pues no quedaba ningún regalo, ninguna dádiva que arrojar a aquella morralla humana, cuando un buen hombre, un pobre comerciantillo, creo, se levantó y, agarrando por su vaporoso vestido multicolor al Hada que tenía más cerca, gritó:
—¡Eh! ¡Señora! ¡Se olvida de nosotros! ¡Todavía queda mi pequeño! No quiero haber venido para nada.
         El hada podía verse en un aprieto, pues no quedaba nada más. Sin embargo, se acordó a tiempo de una ley bien conocida aunque raramente aplicada en el mundo sobrenatural habitado por esas deidades impalpables, amigas del hombre y a menudo comprometidas a adaptarse a sus pasiones, como las Hadas, los Gnomos, las Salamandras, las Sílfides, los Silfos, las Nixas, los Ondinos y las Ondinas, —os hablo de la ley que concede a las Hadas, en un caso parecido a este, es decir, si se han acabado los lotes, la facultad de conceder uno más, suplementario y excepcional, siempre que tenga imaginación para crearlo al instante.
         Así pues, la buena Hada respondió con aplomo digno de su rango
—Concedo a tu hijo … le concedo … ¡el Don de agradar!
—Pero ¿agradar cómo?, ¿agradar?, ¿agradar por qué? —preguntó obstinado el tenderillo, que era sin duda uno de esos razonadores tan comunes incapaz de elevarse hasta la lógica del Absurdo.
—¡Por que sí! ¡Porque sí! —replicó irritada el Hada, volviéndole la espalda; y alcanzando el cortejo de sus compañeras, les decía: ¿Qué os parece este francesito vanidoso que quiere comprenderlo todo y que, habiendo obtenido para su hijo el mejor de los lotes, se atreve todavía a preguntar y discutir lo indiscutible?


martes, 28 de noviembre de 2017

Λάμβδα, 9


      Antes de entregarse por completo a la literatura, Joyce, que además de la afición por la bebida heredó de su padre el amor por la música y una hermosa voz de tenor, exploró durante unos meses la posibilidad de dedicarse profesionalmente al bel canto. Todo empezó cuando el escritor en ciernes asistió en la primavera de 1903 al Feis Ceoil, un festival de música para jóvenes promesas, en el que resultó ganador en la modalidad de tenores John McCormack, famoso poco después. Fue éste, parece, quien lo animó a participar en el concurso del año siguiente. Durante unos meses —ya había vuelto de París, donde hizo de todo menos asistir a clases de Medicina; había perdido a su madre en agosto de 1903; había redactado un ensayo autobiográfico (A Portrait of the Artist), que con los años acabaría siendo Retrato del artista adolescente (1916), y  escribía los poemas de Música de Cámara (1907)— Joyce recibió primero clases del maestro Benedetto Palmieri, que resultaba muy caro, y luego de Vincent O’Brien. También ensayó con el piano en las semanas previas al festival.
            Para el público, para los críticos y para el jurado, era el favorito en la categoría de tenores —“Mr. Joyce se mostró dotado de la mejor calidad de voz entre los que competían”, puede leerse en el Irish Daily Independent del 17 de mayo—, y habría conseguido la medalla de oro si no se hubiera negado  —hizo un silencioso mutis por el foro— a cantar una composición interpretando la partitura a primera vista. Joyce no era ducho en la lectura de los papeles pautados y necesitaba tiempo para practicar. Con todo, se le concedió el bronce y un profesor se comprometió a enseñarlo a leer música. A finales de agosto de ese año, con una actuación junto a John McCormack, acabó la carrera musical de James Joyce.
Pero no su interés por Euterpe. Prueba de ello es este undécimo episodio, un inaudito homenaje a la música y a las palabras, a la oralidad —sonido, ritmo, melodía, significado— y a los remotos aedas que hicieron posible los cantos épicos de Homero. Aunque presentes en otros episodios, la condensación de juegos verbales, musicales, en «Sirenas» salta al oído enseguida: onomatopeyas (¡Uf! ¡Ah! Cucú. Tinc. Pla-pla, pi-plá. Carrac. Rmpr. Crandl. Coc. Tacatá. Tintín) y aliteraciones (triste trotecillo torciendo, china charladora, a risa tras risa, sedoso seno de raso); apócopes (lenguaje de las flo. Bloo sonr depr se march. No tenía el tra. La señorita Kenn. Pantalones apre. Idea bri. Bloom comía hig); reduplicaciones (Trinando, trinando. Lejos, lejos. Tintineo, se fue, tintineo); técnica del calambur (Buendios elnun caoyó.; prótesis (Cuerno. Cocuerno); deformaciones (Nominedamine); figuras etimológicas (dulces son las dulzuras. Resonantes resonar. Roncamente su nuez roncó. Bloom blooming); la composición de palabras (bronceoro, narizgrasienta, grasientobloom), la derivación (chascable, chascante, boylando de impaciencia), la parasíntesis (impertintín, Bloocuyo, Kennerisas), y finalmente las variaciones en los nombres de los personajes — Ellabronce, Doucebronce, bronce señorita Douce, oro señorita Mina, douce Lydia, Lidilid, Kennerisas, chicadeoro. Siento Bloom, grasientobloom, Bloaquelque, Bloocuyo, Poldy, Simopold, Lionelleopold. Blazes Play Boylan, Blazur, Impacienboylan. Simonlionel. Ben alma benjamín, Ben Guerrero, Big Ben Dollard, Big Benaben Dollard, Big Benben—, que obedecen al deseo de jugar con su sonoridad y con sus significados, pero que contribuyen también al concepto musical de camaleonismo, de variabilidad, característico de la fuga al repetir en distintos tonos (formas) un determinado tema o melodía (nombre del personaje).
           Los estudiosos más concienzudos de Ulises afirman que las obras musicales aludidas y las canciones presentes en este episodio apuntan al mismo asunto: la seducción y la traición amorosa, en consonancia con el engaño —consentido— de que es objeto Leopold Bloom por parte de su esposa, y que puede entenderse también en términos histórico-políticos como la seducción (dominio) que la pérfida Inglaterra (Don Giovanni) ejerce sobre Irlanda (Doña Elvira). Pero no siempre el engaño significa traición o adulterio. Por ejemplo, el aria M’apparì, interpretada por Simon Dedalus, pertenece a la ópera Martha, de Friedrich von Flotow —una dama de la nobleza se disfraza de campesina, de la que se enamora el aldeano Lyonel—, que tiene un romántico happy end. El mismo asunto del disfraz, pero esta vez con trágico final y en el contexto histórico de la dominación británica de Irlanda aparece en  The croppy boy, interpretada por Ben Dollard, una balada compuesta a raíz de la rebelión irlandesa de 1798: un campesino irlandés se une a la lucha contra los británicos; en el camino pasa junto a una iglesia y decide confesarse ante un sacerdote que resulta ser un casaca roja; el muchacho es detenido y ahorcado. 
            La música, auténtica protagonista del episodio, es un espacio de huida, un refugio que conforta a los personajes, pues se ven realizados, aunque efímeramente, bien como intérpretes, bien como público. Es la magia que los salva del derrumbe, un asidero existencial, una terapia para sentirse vivos y capaces de generar emociones positivas en los demás. Lo que los hace indiscutiblemente humanos. La salida a un mundo soñado en el que olvidan sus frustraciones y represiones. Una experiencia colectiva que libera y purifica, y les permite ser lo que no son en su vida cotidiana. Para desfogar. Para experimentar por unos minutos la gozosa sensación de plenitud, de seres dichosos y conformes con su vida. Para no explotar. Para ser felices un rato cada día o cada semana. Para seguir soportando sus vidas incompletas e infelices.



The croppy boy, versión de Seán Ó Sé

sábado, 25 de noviembre de 2017