jueves, 1 de diciembre de 2016

Shakespeare en las nubes


Unos pesados nubarrones se han detenido sobre el pueblo a primera hora de la tarde. Son grises y densos como el humo de las candelas al prenderse con leña húmeda. Han derramado su carga de grisura sobre las calles y todo se ve a través de un velo de ceniza que amortigua incluso el ruido de los coches. Al rato, un sol débil ha ido abriéndose paso y arrojando destellos desde poniente mientras las golondrinas y los vencejos trazan sus garabatos.
—En tus libros hay muchos atardeceres. ¿Es que tú nunca ves amanecer? —me pregunta con seriedad un colega escritor mientras tomamos café.
—No, veo muy pocos.
Los atardeceres del otoño y de la primavera son bellísimos espectáculos fugaces e irrepetibles, siempre distintos en su mismidad. La belleza de los atardeceres es como la de la música, cuyo goce desaparece cuando vuelve el silencio y lo más que nos queda es el recuerdo deshilachado de unas emociones. El atardecer es música de la Naturaleza, una sinfonía solemne, profunda y conmovedora, un juego barroco de armoniosos arpegios y violentos contrapuntos que llevan dentro la luz y la sombra, el día y la noche, la rutilante realidad de la mañana junto a las sombras insomnes de la diosa nictálope, como diría un buen modernista. Esta parrafada, claro está, me la callé por no resultar cargante.

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Portada del First Folio, 1623. Retrato de Shakespeare por Martin Droeshout.


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Tamborilea con fuerza la lluvia mientras leo unos sonetos de Shakespeare. Cuando cenábamos oí en las noticias de televisión que “el más grande escritor de todos los tiempos” —lo presentaron así, como si hablaran de un saltador de pértiga o de un as del balompié— era un politoxicómano que se ponía hasta las cejas de marihuana y otras sustancias alucinógenas. Las brillantes descripciones y las acertadas metáforas de sus libros eran el resultado de los subidones que le proporcionaban las drogas. La causa de su abundante producción literaria era bien fácil de explicar: el consumo continuado de cannabis. O sea, que Shakespeare era un fumeta de tomo y lomo.
La locutora explicó que todo esto lo habían descubierto dos científicos después de analizar unas supuestas pipas shakespearianas mediante un sofisticado método de detección de sustancias prohibidas. Estos mismos científicos aseguran que el soneto 76 es la prueba indiscutible de que Shakespeare le daba al canuto cantidad y de que conocía con creces las alucinaciones de los paraísos artificiales.
A la vista de tal descubrimiento, Thomas De Quincey, Baudelaire y la santa compaña parnasiana, simbolista y maldita, no eran más que unos aprendices. Adelantado a todos ellos, decadentistas trasnochados, ahí está el drogota de Stratford-upon-Avon. En fin, tal como presentaron la noticia, bastó que Shakespeare se metiera en su cuerpo gentil unas pipas de hachís para que agarrara la pluma y le endilgara a la posteridad El rey Lear.
No está mal el asunto —se dirán los viciosos de turno. Voy a meterme un poco de farlopa a ver si en un par de ratos dejo listo un novelón sobre la Guerra del Golfo que va a dejar a Tolstoi a la altura de un principiante.

martes, 29 de noviembre de 2016

Escribir. Leer


Uno escribe con la esperanza de ser leído. Como el náufrago. Nunca he creído en los escritores onanistas. Es como si un carpintero se afanara en atiborrar su taller de muebles que no quiere que nadie utilice jamás. Diríamos que está loco. Pasado el arrebato de la búsqueda y encuentro de las palabras —que eso es la creación—, el escritor tiene ante sí algo que también pertenece a los demás y por eso desea ofrecérselo y que de alguna manera lo hagan suyo.

¿Y qué nos hace ser lectores? Nos acercamos a un libro con la íntima convicción de que tras su lectura seremos algo mejores: más sabios, menos ciegos, menos sordos. Más sensibles. Más nosotros. Más los otros.

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Variación sobre el amanecer. La flor de la noche ha cerrado sus pétalos y en las copas de los árboles va madurando el alba al paso de los madrugadores, que caminan ensimismados, con el último aleteo de los sueños entre los párpados.

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A Córdoba en el autobús de línea. Durante la madrugada se ha dejado caer la niebla y ahora solo se distingue lo más cercano: el verde de los sembrados, los bultos de las encinas, luces blancas y anaranjadas de enramadas y naves industriales junto a la carretera. Antes de llegar a Alcaracejos me sorprende la estampa de unos álamos que se recortan aislados y precisos entre la bruma: tienen la belleza de un haiku. Siento íntima, entrañada esta imagen: solo unas cuantas cosas, causas —mi familia, los amigos, la escritura—, a las que aferrarme; lo demás anda tras los límites imprecisos de ese finis terrae que se extiende más allá de la niebla.

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lunes, 28 de noviembre de 2016

Ητα (1)



(1)

Rapsodia séptima. En el reino de las vocales geminadas: Nausícaa, Alcínoo.
Transformada en hermosa doncella con cántaro, Atenea se le aparece a Odiseo camino de la ciudad, se le ofrece a guiarlo hasta palacio y le advierte que no hable con nadie por la calle, porque los feacios “ni son sufridos con los forasteros ni acogen amistosamente al que viene de otro país”.
Descripción de la ciudad —el puerto y las naves, las murallas, las plazas— y del palacio: muros de bronce, cornisa de lapislázuli, áureas puertas, argénteos dinteles, lujosas esculturas, delicados tapices; granados, manzanos, higueras, olivos, grandes y florecientes en el huerto.
Es la hora de la cena. Odiseo pide a la reina marineros que le ayuden a volver a su patria. El rey Alcínoo manda agasajar al huésped, que cuenta su estancia de ocho años en la isla Ogigia, su naufragio y su llegada a tierra feacia. El rey le promete hombres para que al día siguiente reemprenda el viaje. Dejamos al héroe dormido en torneado y mullido lecho.
Episodio 7. De 12 a 1 del mediodía entramos en el edificio que acoge la imprenta y las redacciones de los periódicos Freeman y Telegraph, adonde acude Bloom por asuntos de trabajo. Allí se encuentra a Simon Dedalus, que saldrá con Lambert a tomar una copa, a J. J. O’Molloy, a O’Madden Burke, al profesor MacHugh, a Myles Crawford, director del Freeman, que charlan de muy diversos asuntos. Luego aparece Stephen Dedalus, con el artículo del señor Deasy sobre la glosopeda. Todos acaban camino del Moony para echar un trago.
            La narración de Homero avanza limpia en un solo cauce profundo por el que discurre serena y majestuosa de hexámetro en hexámetro la historia de Odiseo. Los versos van al grano, a la peripecia, aunque en ocasiones aparecen  notas de ambiente, hechos menores de la vida cotidiana, árboles genealógicos, nobles retratos, que aportan matices personales, material de elaboración propia, a una historia conocida por el aeda y por los destinatarios, que no distraen del asunto principal. Continuando el parangón, la corriente homérica avanza en suaves ondulaciones, tiene pocos ríos tributarios, y sus aguas bajan nítidas.
           

En el caudal narrativo de Joyce fluyen hasta ahora dos corrientes paralelas, la de Stephen Dedalus (capítulos 1, 2 y 3), y la de Leopold Bloom (4, 5 y 6), que se encuentran en este episodio. ¿Dos protagonistas?
El capítulo 7 comienza con una escena callejera en el centro de la ciudad, junto a la columna de Nelson: entrada y salida de tranvías, limpiabotas en su faena a la entrada del edificio de Correos, empleados cargando en los coches las sacas postales, trasiego de barriles de cerveza desde el almacén Prince hasta los carros, golfillos vendedores de periódicos. Puro realismo.
            Luego pasamos a la gestión de Bloom: negociar la aparición del anuncio de «La casa de las llaves» en el Evening Telegraph durante el mes de julio. El asunto tiene sus idas y venidas, así que precisemos los hechos. Antes de este jueves 16 de junio de 1904, el comerciante Alexander Llavees ha encargado a Bloom, corredor de publicidad, un anuncio en el Freeman. Decidido a ampliar horizontes, el señor Llavees quiere otro en el Telegraph, donde saldrá además modificado, mejorado, ilustrado en la parte de arriba con unas llaves cruzadas: el señor Llavees, la casa de las llaves. A eso se dedica Bloom este rato de hoy. Se llega primero al Freeman, le pide a Red Murray el recorte del anuncio en cuestión para llevarlo al Telegraph, donde se dirige al despacho del regente de la imprenta, Nannetti, a quien plantea las nuevas condiciones: el anuncio con el dibujo de las llaves y un entrefilet: “Ya sabe, lo de costumbre. Establecimiento registrado para bebidas de alta calidad. Necesidad sentida hace mucho tiempo. Etcétera”. El señor Nannetti exige para ello la renovación del contrato por tres meses. Bloom sube al despacho del director del Telegraph para telefonear a su cliente, que no está en su establecimiento, sino en una casa de subastas, en  Bachelor’s Walk, y allá se encamina Bloom, seguido, al salir de la redacción, por unos golfillos que imitan sus andares; habla con el señor Llavees y llama luego al director del Evening para informarle de la contraoferta, pero el director rehúsa ponerse al teléfono. Bloom, que quiere arreglar la situación, sale en busca del director, a quien encuentra en la calle en compañía de los nombrados al principio, para transmitirle de viva voz las condiciones del señor Llavees: el contrato se mantendrá solo por dos meses, y tendrá que salir un entrefilet en la hoja rosa del sábado. El director es explícito respecto al señor Llavees: BMC, BMRCI, le contesta.
            Entre este ir y venir, subir y bajar escaleras, entrar y salir del edificio, el narrador va intercalando retratos de personajes —Davy Stephens, Myles Crawford, el señor Nannetti, el viejo Monks, el abogado O’Molly, el profesor MacHugh …—, el trajín de la imprenta —Sllt. El cilindro inferior de la primera máquina empujó adelante su tablero móvil con sllt con la primera hornada de hojas dobladas en resma. Sllt. Casi humano el modo de llamar la atención. Haciendo todo lo que se puede por hablar. Esa puerta sllt chirriando, pidiendo que la cierren. Todo habla a su manera. Sllt.—, sensaciones inmediatas y retazos de palabra interior, —al ver la cara de Nannetti, leemos: me parece que tiene un poco de ictericia, y más allá las obedientes bobinas dando en alimento castas telas de papel. Chasca. Chasca. Millas de eso desembobinado. ¿Qué se hace de eso después? Ah, envolver carne, paquetes.—, recuerdos —al observar a un tipógrafo leyendo al revés, se le viene la imagen de su padre leyendo el libro sagrado—, comentarios sobre la historia antigua —habla el profesor MacHugh: Nunca fuimos leales a los que tuvieron éxito. Les servimos. Yo enseño la resonante lengua latina. Hablo la lengua de una raza cuya mentalidad tiene su cima en la máxima: el tiempo es dinero. Dominación material. Dominus! ¡Señor! ¿Dónde está la espiritualidad? ¡Señor Jesús! Lord Jesus! ¡Lord Salisbury! Un sofá en un club del West End. ¡pero los griegos!—, sobre los globos hinchados de la alta retórica —los meandros de algún rumoroso arroyuelo que avanza charloteando, abanicado por los más gentiles céfiros si bien querellándose con los pedregosos obstáculos, hacia las tumultuosas aguas de los azules dominios de Neptuno—, un chiste adivinanza de Leneham —¿Cuál es la ópera que se parece más a una línea de ferrocarril?—, la historia de las dos vestales de Dublín que subieron a lo alto de la columna de Nelson, que cuenta Stephen Dedalus camino del bar… En fin, ramificaciones que tratan de atrapar en toda su complejidad y riqueza el cotidiano acontecer.

            Y acabe aquí el tropo: claro discurre también el caudal joyceano, solo que más densas sus aguas, enriquecidas por la aportación de mil y una correntías, y más lentas, demorando su pasar, acompasadas al espeso fluir del tiempo.


viernes, 25 de noviembre de 2016

El peso del tiempo



Ζῆτα



Tengo leído en alguna parte que en los certámenes dramáticos de la antigua Grecia, el asunto le venía dado al escritor, bien porque el jurado literario de la ciudad así lo hubiera proclamado en el ágora, bien porque el escritor lo eligiera del repertorio que la tradición dramática le ofrecía: el ciclo de Tebas, el ciclo de Argos, el ciclo de Micenas. Los primeros asuntos de la literatura teatral eran materia conocida: mitos y leyendas, dioses y primeros héroes de la comunidad. La originalidad era asunto del escritor: tratamiento y estilo. Y quizá algún añadido personal. Otro tanto pasaría en los demás géneros literarios: la tradición consagra historias del pasado mítico y legendario sobre las que luego trabajan los escritores, sean dramaturgos, líricos, narradores, historiadores o filósofos.

Homero no trabajó con los hijos de su imaginación, sino con personajes y peripecias consagradas —conservadas y difundidas— por la cultura oral de aedos y rapsodas. El hijo de las siete patrias, el garante de la tradición literaria, parte de narraciones que venían oyéndose desde cuatrocientos años atrás: sus contemporáneos sabían en qué paraba el viaje de Odiseo. Para los lectores de Joyce, en cambio, cada episodio, cada párrafo, y casi cada frase, eran novedad absoluta.

Sobre el proceso de escritura en Homero, declara José Mª Valverde: “Compuesto un corto grupo de cantos, es posible que el mismo poeta intercalara luego entre ellos otros nuevos con distintos episodios, y que esta labor de acumulación y de relleno la verificaran más adelante otros poetas... Lo que no es admisible es suponer a Homero trabajando como Virgilio: empezando a escribir una epopeya desde su primer verso y no dando la obra como acabada hasta haber escrito el último del postrer canto”. Elegido el asunto —el regreso de Ulises a Ítaca tras la caída de Troya—, Homero fue componiendo los cantos, no necesariamente en el orden en que hoy los leemos. Es posible, además, la intervención de otros aedos en el texto.

El mismo Valverde explica también la génesis y proceso de escritura de Ulises. Si Homero se valió de hechos situados, cuando menos, hacia el año 1100 a. C., Joyce no voló tan lejos en el tiempo, se quedó en el suyo, en un sucedido propio: el día 10 de junio de 1.904, seis después de su primer encuentro con Nora Barnacle, James Joyce trata de ligar con una joven, sin darse cuenta de que la acompaña un soldado, que lo deja tirado en el suelo de un puñetazo. Ayuda a nuestro escritor un judío, famoso en todo Dublín por las infidelidades de su mujer. Entre el verano de 1906 y el invierno siguiente, cuando se empleó en un banco en Roma, Joyce empezó a trabajar en el episodio para integrarlo en Dublineses con el título de "Ulises": un noctámbulo vagabundo vuelve a su casa con ayuda de un judío.

Más tarde, entre junio de 1915 y octubre de 1919, JJ vive aislado en Zúrich, sin prestarle atención a la guerra, dedicado a sus escritos, a su historia del puñetazo, que para entonces se había convertido en criatura mayor. Durante ese periodo, y con el libro ya mediado, el escritor decidió irlo publicando en revista, con la intención añadida de obligarse a terminarlo: “en 1917 —continúa JMV—, cuando iba aproximadamente por la mitad del libro, se había sentido demasiado enredado en su redacción, probando a veces una sola frase durante toda una mañana, y había pensado en recurrir a lo mismo que le ayudó a acabar el Retrato”. Acudió primero a la revista inglesa The Egoist, y luego a la Little Review de Estados Unidos, que publicó nuevos episodios, pero la censura impidió la publicación completa de la novela por entregas. Superadas estas y otras dificultades, el libro vio la luz en los primeros días de febrero de 1922.

Casi 18 años habían transcurrido desde el episodio del puñetazo hasta que Joyce tuvo en sus manos el primer ejemplar de la novela. ¿Ocurrió lo mismo con la obra de Homero? Nada concreto sabemos de su proceso de escritura, sólo que los historiadores la aventuran obra madura, escrita en la vejez del poeta.

No sé qué pensar de lo que dice el señor Valverde. Con Homero personifica una hipótesis sugestiva, de estirpe romántica: tradición oral-recreación escrita-aportación de otros. Viene a decir también que Homero compuso su obra como pudo: primero le salió este canto, luego otros, fue intercalando aquí, ampliando allá, eliminando esto, inventando lo otro. Como cualquier escritor. Obras de un tirón salen pocas, y menos, obras maestras. Cuando tiene decidido el asunto de su libro, el escritor se convierte en gavia que aporta todo lo que puede al mismo caz. Ya llegará la hora de la criba, y se desecharán pajucos y piedrecillas; y la maquila de la molienda, que el molinero ya se ha de quedar con algo para sí. Quiero decir que uno allega todo lo que a primeras cree que le servirá para su libro, desecha poco al principio; conforme se pone a escribir y a componer, más de una nota, de un párrafo y de una página acaban en el cajón, si no en la papelera. No creo que a Homero le saliera la Odisea en una sola tacada. Trabajaría como cualquier escritor: emborronando, haciendo intentos, desechando, redondeando y puliendo. Lo mismo que Joyce.

Y acabe esta entrega volviendo a nuestros héroes. Habíamos dejado a Odiseo durmiendo bajo la hojarasca en una tierra desconocida, y al señor Bloom brujuleando por las calles de Dublín mientras llega la hora del entierro del pobre Dignam. En el sexto episodio, de 11 a 12 de la mañana, Bloom sube a un coche de caballos en compañía de Martin Cunningham, de Simon Dedalus, padre del joven profesor Dedalus que conocimos en el primer capítulo, y del señor Power: reflexiones sobre la muerte, comentarios y pensamientos sobre lo que ven desde el carruaje, recuerdos del difunto. Ya en el cementerio, Bloom observa con atención la ceremonia: responso del sacerdote en la capilla, traslado a la fosa, saludo del encargado de las pompas fúnebres, el trabajo de los sepultureros, el periodista que anota los nombres de los asistentes, un desconocido —MacIntosh—, inhumación, aparición de una rata, necrófaga sin duda, y observación de la abolladura en el sombrero del abogado Menton.

En la desconocida tierra de los feacios, al dormido Odiseo lo despiertan los gritos de unas muchachas que juegan a la pelota mientras esperan que se seque la ropa que han lavado a la orilla del río. Se trata de la bellísima Nausícaa y sus criadas. Nausícaa, la hija de Alcínoo y de Arete, enseguida se queda prendada del extranjero, y bien lo querría por esposo, pero actúa con prudencia: disimula al náufrago entre su servidumbre y le da instrucciones precisas sobre cómo y cuándo llegar al palacio real, donde volverán a verse.



Imagen de Homero: Musei Capitolini, Roma.

martes, 22 de noviembre de 2016

Εψυλόν



En el amanecer de la rapsodia quinta asistimos a capítulo de los dioses en el Olimpo, donde Atenea, en calidad de abogada defensora, hace su alegato en favor de nuestro héroe: se queja del olvido en que lo tienen los olímpicos y cuenta cómo, perdidos los compañeros y las naves, permanece en la isla Ogigia, desconsolado y retenido por Calipso. Advierte también de la emboscada que los okupas le tienen preparada a Telémaco al regreso de sus inquisiciones.

El que amontona las nubes, el todotonante Zeus, da órdenes inmediatas: a Atenea, que acompañe al hijo y lo proteja; al mensajero Hermes, que vuele en un santiamén hasta la remota isla y comunique a la bella Calipso que se olvide de Odiseo y ponga todos los medios para que construya una balsa, en la que habrá de llegar primero a Esqueria y, desde allí, directo a Ítaca.

Cuando el mensajero Hermes, por otro nombre Argifontes, llega a la isla de Calipso, el gran Homero echa mano de la lira de Erato para presentarnos el primer, si no me equivoco, locus amoenus de la literatura occidental, un verdadero Edén, un vergel paradisíaco, un maravilloso entorno natural que ya quisiera para su cartera cualquier ministro, o ministra, de medio ambiente y medio rural y marino, en medio del cual el asendereado Odiseo no encuentra consuelo, pues la belleza y los mimos de Calipso no bastan a curarlo de la saudade y la morriña por Ítaca y los suyos. Salvando las distancias, pero reconociendo la dilatada tradición de los tópicos literarios, la escena relatada en estos bellísimos hexámetros —un Odiseo doliente y melancólico en un hermoso y estilizado paisaje—me ha llevado a las églogas de Garcilaso, a aquellos nemorosos versos:

Corrientes aguas puras, cristalinas,
árboles que os estáis mirando en ellas
verde prado de fresca sombra lleno,
aves que aquí sembráis vuestras querellas,
hiedra que por los árboles caminas,
torciendo el paso por su verde seno...

Recibido el recado, Calipso, tan encaprichada del mortal como obediente al padre Zeus, acude a la playa donde Odiseo llora su soledad y su amargo destino, y le da la buena nueva. El héroe —por primera vez oímos su voz— desconfía de la ninfa, pero ésta le hace solemne juramento de que no hay engaño ni dolosa intención. ¡Pobre Calipso, qué desdichada ella también! (Desde mis más puros años juveniles, abundantes en platónicos enamoramientos, siempre he sentido pena por dos mujeres víctimas de aciago destino, por dos personajes que deben ceder ante la historia, ante el destino y la gloria de los hombres de los que se enamoraron, a los que ven partir de su lado bañadas en lágrimas y desconsuelo: ¡Desdichadas Calipso y Dido!).

Llegada la noche —no pierde ripio Homero con el paso del tiempo—, la solitaria pareja cena exquisitas viandas y luego se retira a los más hondo de la gruta-palacio para un último polvo; Homero, más elegante, dice “en el amor hallaron contentamiento”.

A la mañana siguiente, provisto de una afilada segur, de una azuela y un berbiquí, de clavos y lienzo para las velas, Odiseo pone manos a la obra y en cuatro días arma una balsa en la que se embarca al quinto. Aquí, otro detalle de Homero, de su maestría y de su experiencia: la escena del marinero en el inabarcable ponto observando el cielo, orientándose por las constelaciones: las Pléyades, Bootes, El Carro, Orión. Tras 17 días de singladura, el héroe avista la costa feacia justo en el instante en que Posidón pasaba por allí. El dios entra en supino cabreo y amontona con ira las nubes, convoca furioso a los cuatro vientos, hace caer la oscuridad sobre el mar y levanta olas contra las que nada puede la insignificante balsa. Nuestro héroe se lamenta, ve cercana su muerte, y más cuando el embate de una ola lo arroja al agua y pasa las de Caín para subir de nuevo a su frágil nao. En plena lucha contra el tempestuoso mar, héteme aquí que una deidad menor, Leucotea, mortal convertida en inmortal y con residencia en los fondos marinos, se apiada de Odiseo y, transformada en “mergo” —en somorgujo, si queremos— se le aparece, aconsejándole que se olvide de la balsa y alcance la costa a nado con la ayuda del mágico velo-flotador que le ofrece. El pobre Ulises, que ya no se fía ni de su sombra, decide aguantar en la balsa todo lo que pueda, pero otro colérico embate deshace la embarcación y tiene que echar mano del leucoteo flotador, con el que se mantuvo a flote dos días completos, hasta que amainó la cosa y pudo alcanzar la costa. Su primera noche en tierra firme la pasó cubierto por la hojarasca, bajo un olivo y un acebuche que habían enmarañado sus ramas. Ahí lo dejamos.

Ya sabrá por sí mismo el lector que la obra de Homero discurre en dos ámbitos, el humano y el divino, y que éste en todo momento se inmiscuye y decide sobre aquel, que, por su parte, ya está más que acostumbrado, resignado, a los caprichos, favores y putadas, de los olímpicos. Los viejos dioses helenos están creados a la medida del hombre, por eso no son la perfección ni la virtud absolutas, sino simples espejos de conducta, de valores y de pasiones. Ni el mismo jefe del Olimpo estaba exento de las tentaciones de la carne o de la ira fulminante. Los olímpicos eran caprichosos y manipulaban a su antojo el cotarro humano, como el titiritero a sus muñecos.

Resulta escamante que los griegos, amantes de la sabiduría y de la serenidad, de la perfección y de la verdad, tuvieran unos dioses tan imperfectos e incontenibles en sus pasiones, y creyeran que sacrificando terneras, corderos y cabritillas cederían los infortunios y se enderezarían sus vidas hacia la felicidad. Pero lo irracional, lo mismo que el sentido de lo trascendente o la fe, existen, qué se la va a hacer. El caso es que, creyente o no, supersticioso o no, a Homero estas divinidades olímpicas, con sus caprichosas voluntades, le venían muy bien para ir dándole variedad y suspense al viaje de Ulises, al tiempo que lo consagraban como uno de los santos padres de la mitología.

Transformémonos ahora en Hermes Argifontes y volemos hasta la isla irlandesa. Nunca he estado en Dublín, pero supongo que una de las cosas que haría, además de tomar unas pintas de cerveza, sería dedicar unas horas a seguir los pasos de Leopold Bloom; por ejemplo, los que dio el día de marras, jueves, 16 de junio de 1904, entre las nueve y las diez de la mañana, cuando se dirigía al entierro del pobre Dignam: Windmill Lane, el molino de Leask, el edificio de Correos y Telégrafos, la calle Lime, las casas de Brady, la calle Townsend, la capilla Bethel...

La novela de Joyce es una novela totalitaria, en el sentido más etimológico del término, o, dicho de otra manera, la novela de la totalidad, de la realidad externa e interna del personaje. El monólogo interior, el flujo de conciencia, la corriente del pensamiento, la palabra interior, era, desde luego, la mejor técnica para contar sin merma ese totum complejo en que confluyen la corriente de la vida psíquica del personaje y la de los acontecimientos externos. Novela río, o quizá mejor, novela delta, donde se abrazan, penetrando uno en otro, en una enriquecedora fusión donde son perceptibles múltiples canales, vías de comunicación y de irrigación, dos poderosas realidades, el mar de los innúmeros acontecimientos cotidianos y el caudaloso río del flujo mental (recuerdos, asociaciones, pensamientos y opiniones inmediatas) del personaje.

La narración más o menos objetiva de lo externo —esencia identificativa del género épico— era relativamente fácil y tenía una dilatada y reconocida tradición a la que el propio Joyce se había unido con sus primeros relatos dublineses. Pero al irlandés se le quedaba corta, suelta, sin el ajuste que él deseaba, esa tradición, esa narración objetiva del mundo, y echó mano de una llave inglesa para darle unas cuantas vueltas a la tuerca, para llevarla casi al límite de su presión, sin importarle que en algún momento se trasroscara. Y mientras el mundo saltaba en pedazos con la barbarie de la Primera Guerra Mundial, Joyce se apartó y se hizo relojero en Suiza, donde, con precisión y minucia, fue creando su pieza maestra, el reloj de la nueva novela, capaz de medir y contar dos tiempos a la vez, el objetivo y el subjetivo.

Mientras llega la hora del entierro, Bloom, con un periódico bajo el brazo, callejea por Dublín, se entretiene ante el escaparate de una tienda de tés, recoge una carta en la estafeta, se encuentra con un tal M’Coy mientras observa a una mujer que va a subir a un coche, se aparta a una calleja solitaria para leer la carta, busca el fresco de una iglesia católica en la que se está dando la comunión, entra en una botica donde encarga una loción y compra una pastilla de jabón, y, después de ser abordado por otro conocido, Bantam Lyons, decide entrar a una casa de baños.

Sobre estos menudos quehaceres cotidianos y sobre el bullicio callejero de la calurosa mañana de junio, domina la palabra interior de Bloom: sus reflexiones sobre la indolencia en los climas tropicales y el recuerdo fugaz de la mujer que vio antes en la salchichería; sus consideraciones sobre la guerra a la vista del cartel de reclutamiento que hay en la oficina de correos; sus suposiciones sobre lo que viene en la carta prendido con un alfiler y su determinación de finiquitar esa relación epistolar que ha iniciado bajo el nombre de Henry Flowers; su decisión de no darse por aludido cuando el tal M’Coy le insinúa que le preste una maleta para la gira de su mujer, también cantante; sus especulaciones sobre la mujer que va a subir al coche de punto y a la que no consigue ver las pantorrillas por culpa de un tranvía; el recuerdo de su difunto padre; sus meditaciones a propósito de los caballos de la parada de coches; su divagación sobre el lenguaje de las flores; sus elucubraciones teológicas y la memoria de sus vivencias religiosas mientras observa la comunión de los fieles en la iglesia y el ritual del sacerdote; su evocación de un maestro organista; sus ideas sobre la alquimia...

Me estoy divirtiendo con Joyce. Una vez acostumbrado a las interpolaciones de la palabra interior, resulta una novela, una lectura, más que entretenida, y no queda sino reconocer la paciencia y la maestría del autor al construir este artefacto.

James Joyce con Sylvia Beach, propietaria de la célebre librería Shakespeare & Co. de París.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Δέλτα



Telémaco parece tener el don de la oportunidad: si cuando desembarcó en Pilos, sus habitantes celebraban hecatombe en honor de Posidón, cuando llega al palacio del rubio Menelao, éste y los suyos se encuentran en pleno banquete de dobles nupcias: la de su hijo con una espartana, y la de su hija con un vástago de Aquiles. Como corresponde a bodas de tan altos vuelos, la fiesta se ameniza con aedo y saltimbanquis. Nada más verlo, la esposa de Menelao, la bella Helena, reconoce al hijo por el parecido con el padre, y la memoria de Odiseo trae el llanto al festín: llora Telémaco, llora Helena, llora Menelao y llora Pisístrato.
Minucioso Homero con el paso del tiempo, nos cuenta cómo entre la conversa y la llantina ha llegado la noche y todos se disponen a cenar, y cómo Helena, la de ojos de perra, hace otra de las suyas —ella fue el casus belli, la pólvora que inició la guerra de Troya— y vierte en el vino una droga euforizante, porque no quiere más lágrimas el día de la boda de sus hijos, y entretiene a los invitados con valerosas y felices anécdotas de Odiseo.
Menelao, con la lengua suelta por el vino y la droga, le cuenta una batallita al también risueño Telémaco: la de su penoso regreso a la patria, cuando se vio retenido por veinte días en la lejana isla de Faros; y cómo se le apareció Idotea, que le aconsejó interrogara a su padre, Proteo, el transformista del Olimpo, para que lo orientara, y cómo le instruyó sobre el modo de retener al proteico dios, capaz de metamorfosearse en cualquier cosa: agarrarlo con toda la fuerza de cuatro hombres mientras echaba la siesta rodeado de una manada de focas en una profunda gruta. Ya puesto, también le contó al detalle la muerte de su hermano Agamenón a manos del doloso Egisto, y le dejó caer que su padre, el de multiforme ingenio Odiseo, se hallaba poco menos que secuestrado por la bella atlántida Calipso en la isla Ogigia.
No para aquí la cosa en este cuarto canto homérico. Pasamos de inmediato a la isla de Ítaca, a los porculeros y desalmados pretendientes, unos okupas en toda regla, que se divierten lanzando el disco y la jabalina hasta que uno de ellos, Noemón de nombre, se ve forzado a declarar que prestó su nave a Telémaco. Antínoo, el líder okupa, no se andará con chiquitas y propone y capitaneará una emboscada al regreso de Telémaco. Penélope, ignorante de la partida de su hijo, e informada entonces por la fiel Euriclea, cae en doloroso llanto.
Y si he pormenorizado hasta aquí la rapsodia, no voy a olvidar la mejor prenda: la narración se bifurca en dos planos, en dos tiempos, en dos espacios: el contrapunto, la técnica caleidoscópica, la simultaneidad, que no es invención de las vanguardias del siglo XX. Homero, el garante, ya utiliza la alternancia en su relato, así que en la parte final de esta cuarta rapsodia, tan pronto estamos en las habitaciones privadas de Penélope, con su penar y sus llantos, como en la reunión de los okupas que traman la encerrona a Telémaco.
El canto acaba con otra escena fantástica: por el ojo de la cerradura de la habitación de Penélope se cuela el fantasma de una tal Iftima, que la convence, antes de desaparecer de nuevo por el mismo orificio, de que sus penosas cavilaciones son en vano, pues Telémaco regresará salvo y sano.
Sin duda, la técnica del desdoblamiento homérico hizo mella en James Joyce, que la aplicó en su novela. Recuerde el lector joyceano que llevábamos tres horas detrás de Stepehn Dedalus, a quien habíamos acompañado en su caminata soliloquiada junto al mar, camino de la ciudad. De un salto analéptico, Joyce nos lleva de nuevo a las ocho de la mañana, al número 7 de la calle Eccles de Dublín, para presentarnos al señor Leopold Bloom preparándole el desayuno a su mujer, que permanece en la cama. Después de una escena con gata y de los pensamientos gatunos —los movimientos, los ojos esmeraldas, el carácter del animal, la función de sus bigotes— y gastronómicos de Bloom, que siente debilidad por la casquería, baja hasta la carnicería de la esquina a comprar el riñón de un cordero para guisárselo a su gusto y empezar bien entonado el día. A la espera de su turno, el señor Leopold tiene fantasías calenturientas ante las caderas de la mujer que le preceden en la tienda. Cuando vuelve a casa, recoge la correspondencia y le sirve el desayuno a su mujer mientras en el fogón va haciéndose el riñón adobado con pimienta. La señora Bloom es gibraltareña, hija de militar, cantante de profesión y de condición adulterina, a juicio del marido, a quien le pregunta el significado de la palabra «metempsícosis». Con la explicación del vocablo y comentarios sobre libros, a Bloom se le va el santo al cielo y acude a la cocina justo a tiempo de que no se le socarre de más el desayuno. Entre tenedorada y tenedorada, lee la carta de su hija Milly, que trabaja como ayudante de un fotógrafo en un pueblo cercano. Terminado el desayuno, papá Bloom -cornudo Bloom-, coge una revista, se cierra en el retrete y mientras suelta lastre lee un mal cuento premiado con el que acaba limpiándose. Libre ya de carga, Bloom sale a la luz y piensa en el entierro al que va a acudir cuando oye las campanas de la iglesia de San Jorge. Son las nueve menos cuarto. El muerto se llamaba Dignam.
Entre estos y otros menudos acontecimientos cotidianos —el tintineo de las arandelas de la cama en que rebulle Molly Bloom, los pasos por las distintas estancias de la casa, calarse el sombrero, comprobar que lleva su patata en el bolsillo pero que le falta la llave, mirar un anuncio callejero sobre el cultivo de naranjas en Palestina, lustrarse los zapatos frotándolos contra la pantorrilla, el íntimo acto defecante— se entreveran las ya consabidas asociaciones y fantasías inmediatas, los recuerdos, cavilaciones, reflexiones y viajes imposibles que fluyen en la conciencia del personaje.
A estas alturas, cualquier lector ya va teniendo elementos de juicio para la crítica de ambas obras: intuye la función de los tópicos y epítetos homéricos, que no se repiten una y otra vez por desidia o desmemoria, sino por dar fugaces respiros al rapsoda que ha de recitarlos y porque, de paso, queden en la memoria de los receptores; comprende el afán narrador del viejo aedo, el puro gusto por ensartar historias, por la ramificación, por componer para el lector un bello y abigarrado tapiz que ni la mismísima y soberbia Aracné podría superar; comprueba que la mitología servía para explicar la realidad, los misterios que esa realidad encierra, las alegrías y las aflicciones que acarrea el vivir, la belleza y el poderío de la Naturaleza, la conducta, los valores y el destino humanos; conoce costumbres, rituales y ceremonias de los antiguos griegos; reconoce en el viejo libro viejas técnicas y, sobre todo, disfruta actualizando la noble voz de Homero, imaginando la viril apostura de los héroes o la sirénida atracción femenil, el sagrado olor de las hecatombes, el imponente aspecto del vinoso ponto estremecido por un airado Posidón.

Frente a la grandeza homérica, la cotidianeidad joyceana; frente al ritual sacrificio a los dioses, el riñón crepitando en la sartén; frente a las nobles acciones e intenciones de Telémaco y compañía, el retrete, los cuernos y la mente calenturienta de Leopold Bloom. Dos mundos. Dos viajes. Dos héroes. Dualidad pero Unidad: padre e hijo en una sola y misma cosa: literatura.