martes, 25 de abril de 2017

Kάππα (2)


















Por lo que llevamos leído, cada obra plantea al lector exigencias distintas. Joyce reclama nuestro mayor esfuerzo ante el lenguaje: no interesa tanto lo que se cuenta, sino el cómo se cuenta. La técnica, la compleja envoltura formal del relato, exige la máxima aplicación del lector. Ulises es, ante todo, un ejercicio verbal, una exhibición de estilos y de técnicas oratorias. La Odisea, en cambio, atrapa sobre todo por la intriga, por la curiosidad: prendida la atención, expectante el ánimo, el lector se pregunta a cada paso, ante cada rapsodia, qué va a encontrarse, qué va a ocurrirle al héroe, qué nuevo capricho de los dioses lo apartará de su rumbo a Ítaca.
En ese aspecto, la rapsodia 10 no da respiro. Tras salvarse por los pelos de la ira del cíclope, Odiseo y sus compañeros arriban a la isla de Eolo, señor de los vientos, donde son agasajados durante un mes, al cabo del cual reemprenden la navegación. Además de provisiones, Eolo regaló a Odiseo un odre atado con hilo de plata en el que iban encerrados todos los vientos mugidores, excepto el suave céfiro, que los empujó durante 9 días. Y aquí la primera vuelta de tuerca: a la vista de la costa de Ítaca, Odiseo, que no  ha querido separarse del timón durante estos nueve días con sus noches, cae en irreprimible y profundo sueño. Segundo giro del guión: algunos compañeros conspiran para apoderarse del regalo de Eolo, creyéndolo un rico botín de oro y plata que los sacará de la miseria el resto de sus vidas. Al desatar el odre, desataron también una tormenta que los alejó de su cercano destino —el héroe pasa por un momento de terrible duda: “medité en mi inocente pecho si debía tirarme del bajel y morir en el ponto, o sufrirlo todo en silencio y permanecer entre vivos”—, y los devolvió otra vez a la isla Eolia, donde Odiseo hubo de explicarse. Al ver que su huésped no es bienquisto de los dioses, Eolo lo echa de su palacio y de su isla.
Vuelta al mar durante seis días con sus noches. Al séptimo alcanzan Telépilo de Lamos, la excelsa ciudad de la Lestrigonia. A pesar del magnífico puerto que ofrece la isla, Odiseo decide dejar fuera su nave, amarrada a unos peñascos, y envía una avanzadilla de tres hombres para explorar aquella tierra e informarse de sus habitantes. Los expedicionarios encuentran a una doncella que los encamina a casa de su padre, Antífates, que en ese momento está en el ágora, aunque acude presto a la llamada de su descomunal esposa, y se engulle para cenar —los lestrigones son gigantes antropófagos— a uno de los tres exploradores. Despavoridos, los compañeros del desafortunado ponen pies en polvorosa y corren hacia los barcos, mientras Antífates llama a sus iguales, que persiguen a los que huyen y arrojan grandes piedras contra los barcos, causando gran estruendo y estropicio en naves y hombres. Odiseo, que había tenido la precaución de amarrar fuera de puerto, mandó a sus hombres cortar amarras y darle al remo. Y así escaparon esta vez de la muerte.
Al cabo de unas jornadas, la nave arriba a la isla Eea, morada de Circe, la de bellas trenzas. Tras dos días de descanso en la playa, Odiseo sube a lo alto de un cerro y descubre un palacio en medio de un bosque. A la mañana siguiente, dos grupos recorren la isla. Uno de ellos, al mando de Euríloco, llega al palacio de Circe, en medio de un valle, a cuyo alrededor merodean lobos y leones, que reciben sin hostilidad a los visitantes. Escamado, Euríloco da marcha atrás y vuelve a la playa, después de haber visto cómo sus compañeros eran bien recibidos por Circe. Lo que no ha visto es que la encantadora mujer, después de atraerlos con su bellísimo canto, les preparó “un potaje de queso, harina, miel fresca y vino de Pramnio”, todo ello bien adobado con drogas, de manera que al tocarlos con una varita, los hombres se convirtieron en cerdos, aunque conservaban su conciencia humana, y fueron encerrados en pocilgas.
Odiseo, advertido por Euríloco, sale disparado hacia el palacio de la maga. En el camino se le aparece su benefactor Hermes, que lo pone en antecedentes, le da una hierba antihechizo y le dice cómo sacar a sus compañeros del encantamiento. Cuando Odiseo llega al palacio de Circe, todo ocurre como el dios ha predicho: Circe recibe al visitante, lo hace sentar, le ofrece una copa con una mixtura especial, lo toca con su varita, y trata vanamente de convertirlo en cerdo. En ese momento, y obedeciendo instrucciones de Hermes, Odiseo entra en furia, saca su espada, y se encara con la hechicera como si fuera a matarla. Pasado el primer susto, Circe —como también predijo Hermes— le pide perdón entre sollozos y le propone un revolcón en su lecho. Antes de yacer con ella, y a instancias del dios, Odiseo le hace prometer a la maga que no lo perjudicará en modo alguno, le ayudará a regresar a su casa y devolverá la apariencia humana a sus compañeros. Logrado lo último con sus artes mágicas y sus ungüentos, Circe le pide a  Odiseo que vuelva a la playa, saque a tierra y asegure la velera nave, guarde en una gruta los aparejos y el botín que trajere, y regrese de nuevo a su palacio con el resto de sus hombres. Dicho y hecho. Y durante todo un año, Odiseo y sus hombres disfrutan de la hospitalidad de la bella Circe, olvidada ese tiempo de hierbas y hechicerías.
Antes de volver al mar la encantadora Circe cumple su promesa de ayudar al Laertíada en su regreso a Ítaca: Odiseo tendrá que viajar —otra vuelta de tuerca—  a la morada de las sombras, al reino de Hades y de Perséfone, y consultará al adivino Tiresias, el único humano que tiene inteligencia y saber. Él le dirá el camino que ha de seguir.
Con las palabras de Odiseo informando a sus compañeros del nuevo destino —“A todos se les partía el corazón, lloraban y se mesaban los cabellos. Más ningún provecho sacaron de sus lamentaciones”— y una maga intervención de Circe —“ató al oscuro bajel un carnero y una oveja negra. Y al hacerlo, logró pasar inadvertida muy fácilmente, pues ¿quién podrá ver con sus propios ojos a una deidad que va o viene, si a ella no le place?”— acaba esta rapsodia. ¿Qué deparará el viaje al reino de los muertos?



jueves, 20 de abril de 2017

Del natural




Irrepetible
su perfección,
su color puro
en el fulgor
de la mañana.
Buscando el sol,
batiendo alas,
limpio se eleva
el lilio en flor.


sábado, 8 de abril de 2017

Un hemisferio en una cabellera (XVII)


          Déjame respirar mucho tiempo, mucho tiempo, el olor de tu pelo, hundir mi rostro en él, como un hombre sediento en una fuente, y agitarlo con mi mano como un pañuelo perfumado, para sacudir recuerdos en el aire.
         ¡Si pudieras saber todo lo que veo! ¡Todo lo que siento! ¡Todo lo que oigo en tu cabello! Mi alma viaja en su perfume como el alma de otros hombres en la música.
         Tus cabellos contienen todo un sueño lleno de velas y de mástiles; contienen inmensos mares cuyos monzones me llevan a climas encantadores donde el espacio es más azul y más profundo, donde la atmósfera está perfumada por las frutas, por las hojas y por la piel humana.
         En el océano de tu pelo entreveo un puerto hormigueante de canciones melancólicas, de hombres vigorosos de todas las naciones y de navíos de toda clase recortando sus complejas y elegantes arquitecturas sobre un cielo inmenso en el que se enseñorea el eterno calor.
         En las caricias de tu pelo me encuentro la languidez de las largas horas pasadas en un diván, en el camarote de un hermoso navío, acunado por el vaivén imperceptible del puerto, entre macetas y búcaros refrescantes.
         En el ardiente hogar de tu cabello respiro el olor del tabaco mezclado con el opio y con el azúcar; en la noche de tu cabello veo resplandecer el infinito del azul tropical; en las riberas vellosas de tu pelo me embriagan los olores mezclados de la brea, el almizcle y el aceite de coco.
         Déjame morder mucho tiempo tus trenzas negras y espesas. Cuando mordisqueo tus cabellos elásticos y rebeldes, me parece que como recuerdos.

Retrato de Jeanne Duval, por Édouard Manet.

jueves, 6 de abril de 2017

Cinco cortos


No cree uno en la estética pura. El arte ha de estar impregnado de quien lo hace y lo percibe. La asepsia solo está bien en los quirófanos. Frente a la imperturbabilidad del canon apolíneo, el temblor de la emoción.
*
         Taxonomías. Escritor churrero: aquel que produce libros como churros (o que escribe unos churros de libros). Escritor morcilla (se repite).
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         Insisto en el binomio Vida—Literatura: no hay libro bueno que no refleje la vida. Y de ese binomio elemental, cuantos más polinomios resulten, más literatura encontraremos.
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         Triunfar sin joder al otro. Dormir sin provocar pesadillas a tus semejantes. Eso debe ser “el sueño de los justos”.
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         La memoria como único alimento solo produce melancolías y añoranzas. Vivir hacia atrás es convertirse en fantasma, arrastrando la pesada cadena del ayer.
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miércoles, 29 de marzo de 2017

3 cortos


A Rilke hay que visitarlo sin prisa. Es poeta de trato demorado y exige un lector perseverante. Sorbo a sorbo. Si no, si pretende uno apurarlo de un solo trago y decir “Ya lo he probado, ahora dadme a beber otro vino”, el poeta de Praga no sabe a nada. Nadie se asombre: si Rilke necesitó una docena de años para completar sus diez Elegías de Duino, no espere el espabilado de turno querer asimilarlo en tres o cuatro horas.

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Hay que ser experto orfebre para entender al Góngora gongorino. Y ese es un esfuerzo que el lector común no está dispuesto a hacer. El Góngora de la jerigonza culterana es poeta altivo, distante, que deshumanizó, desentimentalizó y desclarificó la poesía para hacerla pasto exclusivo de hispanistas voluntariosos.
         ¿Qué hace un tipo como yo con don Luis de Góngora y Argote? Disfrutar con su maestría y aprender. Queramos o no, la poesía española pasa por Góngora. No es el único de su siglo, pero sí uno de los imprescindibles, tanto para un lector como para un poeta.
         Góngora se obstinó en ser oscuro y lo consiguió: es impenetrable sin el bisturí de la erudición. Uno se pierde con facilidad entre sus versos y se desconcierta con su raro y sonoro decir. No comulgo, salvo por divertimiento, con la oscuridad buscada. Eso es coto para pocos y vedado para muchos, lo que atenta contra la comunicabilidad de la literatura. ¿Qué sentido tiene poetizar para eruditos? ¿Ese ha de ser el camino de la poesía?
         De Góngora hay que aprender a no caer en el exceso. Lo mismo que de Quevedo. Ese podría ser uno de los mandamientos del poeta de nuestros días.
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      Vidas de escritores las hay para cualquier gusto: asesinos y ladrones, oficinistas de banco o de seguros, cazadores, marineros, curas, soldados, periodistas, señoritos y marqueses, quinquilleros, sádicos, masoquistas, neurasténicos, panaderos, catedráticos de lenguas muertas y profesores de lenguas vivas, cobradores de impuestos, actores, reyes y bufones, científicos, vagabundos y bohemios, diplomáticos, dandis, revolucionarios y falangistas, pastores y agricultores, delegados políticos, directores del Instituto Cervantes o simples bibliotecarios, carteros, enfermos crónicos, impresores, burgueses, rentistas, aventureros, descubridores, ingenieros de caminos, médicos, abogados, celadores de hospital, guitarristas, ludópatas, locos, borrachines, honestos y deshonestos. Unos han conocido la gloria y/o el infierno. Otros llevan vidas discretas, o escandalizan o provocan. Los hay trepas y de sólida dignidad de roca, creyentes, comunistas y conversos, mentirosos y sinceros, egoístas, envidiosos y envidiados, con negro y sin negro, con plata y sin blanca.