jueves, 18 de abril de 2013

Deudores de Juan Ramón Jiménez


La imagen de un JRJ encerrado y dedicado por entero a su Obra es uno de los tópicos biográficos del poeta de Moguer. Estos días leo Juan Ramón de viva voz, de su amigo Juan Guerrero, un libro curioso, un diario en que el mundo expresado no es el del yo amanuense, sino el de otro. 
Juan Ramón de viva voz es la obra en que Juan Guerrero fue dejando constancia de las conversaciones que mantuvo a diario durante unos cuantos años con JRJ. Asoma  muy poco la vida íntima de Guerrero —su trabajo en la CAMPSA, su mujer, los hijos, la casa donde vive—, la mayor parte del gasto se la lleva el maestro admirado, a quien sirve de contertulio, secretario, copista, archivero, bibliotecario, y hasta de recadero, dicho sea sin menoscabo. JRJ era un hombre absorbente, que no podía atender solo tanto negocio literario, tanto quehacer, tanta Obra como puso en marcha.
         Sin ser, ni lo pretende, una biografía, en el libro de Juan Guerrero aparece un JRJ en plena faena literaria, escribiendo a diario, corrigiendo a diario, opinando sobre poesía y sobre poetas, sobre libros, artículos, periódicos, sobre impresores, sobre políticos y acontecimientos históricos (elecciones municipales y huida de Alfonso XIII, proclamación de la República), sobre figuras como Ortega y Gasset, Unamuno o Fernando de los Ríos... Un JRJ, iba a decir en el centro, pero no, en la cátedra, en el sitial del maestro y guía de la vida poética en la segunda edad de oro de nuestra literatura.
         JRJ es consciente de su lugar, junto a Antonio Machado, en la poesía española contemporánea, pero no le queda otra que asistir al rito freudiano de matar al padre por parte de los poetas del 27. ¿Tú también, hijo mío?, pregunta un dolido JRJ a cada uno de los jóvenes poetas del momento.
         En mí empieza la nueva poesía, y mucho me deben los que me siguen, proclama con frecuencia el poeta endiosado. Y es cierto, pero unas gotitas de modestia y de humildad siempre caen bien.
Además de chismes del Parnaso hispano, dimes, diretes, enfados con unos y con otros, envidias, burdos rumores, cruces de cartas y tergiversaciones, conocemos también lo que los poetas jóvenes le deben a JRJ, no ya por la ayuda, el aliento y el padrinazgo que les proporcionó, sino verso por verso. Es en esos momentos cuando dan ganas de no leer más a JRJ, no vaya uno a escribir un verso y se levante el poeta de su tumba y le diga: “Ese verso ya lo di yo en Las cenizas doradas”.
Bromas aparte, Juan Ramón de viva voz me parece una lectura imprescindible para acercarse a la cotidianeidad del creador de Platero y conocer la intrahistoria de la poesía española contemporánea.

domingo, 14 de abril de 2013

Manifiesto por la III


Hoy, 13 de abril de 2013, nos convocan aquí tres motivos importantes:
. La celebración del 82 aniversario de la II República Española.
. El deseo común de un nuevo modelo político y social.
. El gusto por echar una buena aparcería, esa reunión típicamente taruga donde se bebe y se tapea, donde estallan las risas por un chiste bien contado o por un buen comentario malicioso, pero también donde se habla de cosas serias, donde se fraguan amistades, se aúnan voluntades y surgen proyectos colectivos.

         Como todos bien sabéis, tal día como hoy de 1931, España se acostó monárquica y al día siguiente, 14 de abril, amaneció republicana. Este viraje se hizo desde los ayuntamientos, esto es importante resaltarlo, desde los pueblos y las ciudades, no desde el parlamento nacional, sino desde la democracia de las urnas municipales. Y no se produjo un cambio de gobierno, sino de régimen. La bandera tricolor encarnaba el optimismo y el entusiasmo popular, la esperanza colectiva en una nueva España, en un cambio revolucionario que acabara con los privilegios de clase y solucionara los problemas que ni la monarquía ni la dictadura habían resuelto, sino enquistado y agravado: un bipartidismo inmovilista, unas leyes que perpetuaban las desigualdades sociales, la explotación y pobreza de la clase trabajadora, un sistema educativo decimonónico controlado por la Iglesia, un absurdo espíritu militarista y guerrero que había conducido a la escabechina de miles y miles de españoles en las guerras coloniales. Pero aquel sueño colectivo acabó en pesadilla: el golpe de estado militar, la guerra civil y el exilio, y la sumisión del país en la larga y oscura noche de la dictadura franquista. Luego vino la Transición...
Y de aquellos polvos, estos lodos, porque la sombra de la dictadura es alargada, tan alargada que llega hasta el día de hoy, pues aquella Transición, incompleta y desigual, no hizo sino consagrar la “herencia recibida” del franquismo: el modelo político de nuestro días es exactamente el que impuso el dictador y nadie se atrevió a discutir, aceptando que Franco sabía mejor que nadie cómo eran y qué querían los españoles. Los padres de la transición política de finales de los setenta también debieron pensar lo mismo, que ellos sabían mejor que nadie cómo eran y qué querían los españoles, y tampoco se atrevieron a preguntarnos qué modelo político queríamos, de manera que prescindieron de la voluntad popular. Han pasado 82 años desde aquel 14 de abril del 31, 82 años de conculcación del derecho a elegir la manera en que queremos ser gobernados. Y de seguir así la cosa pública, nunca veremos ese plebiscito.
         Por eso son importantes actuaciones —aparcerías— como la de hoy, como las de las plataformas, movimientos, corrientes alternativas, redes y mareas sociales, que cuestionen y exijan cambios y transformaciones en las instituciones y en los centros de poder, en el modelo político, económico, educativo, cultural y social.
         La monarquía —¿quién lo discutirá a estas alturas de la historia?— es una institución obsoleta que vicia por su sola existencia el concepto de democracia y de igualdad: no solo porque en la época en que la ciencia despliega ante nuestros ojos el mapa genético de la especie humana, muchos sigan admitiendo como real la existencia de una sangre azul, incontaminada y pura; ni porque viva de la sopa boba, borbona, en nuestro caso, o bribona, para ser más exactos; ni porque se excluya a la mujer del trono, ni porque viva de espaldas a la ciudadanía y atenta solo a su permanencia y a sus propios intereses. La monarquía es una antigualla por todo eso y por mucho más, pero sobre todo porque a estas alturas de la historia es inconcebible que una sola familia, un solo clan instalado en la más rancia tradición, ostente de por vida la Jefatura del Estado, y herede toda una nación, como quien hereda una finca. No hay mayor atentando a la democracia. Basta ya de cuentos de reyes y princesas.
         Por otro lado, el sistema representativo y parlamentario surgido de la Transición también está viciado de natura. Por desgracia lo estamos viviendo en nuestros días: el bipartidismo egoísta e insolidario en que se obstinan las dos grandes formaciones políticas del país no refleja la realidad de la calle, es ciega a la existencia de alternativas a la política del rodillo que está acabando con todo y desmantelando impunemente lo público en beneficio de lo privado: sanidad, educación, las grandes empresas estatales, el sistema de ayudas sociales...
         A grandes males, grandes remedios, dice nuestro refranero popular. Nada es inmutable y eterno. Será necesario empezar a nadar, o nos hundiremos como una piedra, porque los tiempos están cambiando. Si queremos una verdadera democracia, participativa, justa y solidaria, debemos seguir reuniéndonos en aparcerías como la de hoy, convocándonos en las redes de internet, integrándonos en las mareas sociales y en las manifestaciones, participando en los paros y protestas en los centros de trabajo. Es hora de moverse por un nuevo Proceso Constituyente que nos devuelva la República y la esperanza colectiva, que instaure un nuevo modelo de sociedad, que se rebele contra la despiadada dictadura económica y el terrorismo financiero, que proclame con claridad y valentía su laicismo y corte las ligaduras institucionales con cualquier confesión religiosa, que destierre de una vez y sin ambages los privilegios de cuna y los de la clase política, que imponga la dignidad en los sueldos, en la edad de jubilación y en las pensiones, que restablezca las negociaciones colectivas e impida el despido libre, que ofrezca un horizonte de esperanza a nuestros jóvenes, que no convierta la justicia en cuestión de dinero, que proscriba los desahucios perpetrados por los bancos y castigue en sus justos términos la corrupción, que abogue por lo público y no por lo privado, que se enfrente con independencia y decisión a esta forma de totalitarismo y fascismo soterrado de las políticas neoliberales, que tienen amordazados, sometidos y empobrecidos a países enteros, que practique la transparencia y garantice la objetividad en los medios públicos de comunicación. Que anteponga a la voracidad y feroz avaricia de los mercados, los derechos, el bienestar y la felicidad de la ciudadanía.
Gente republicana de Los Pedroches:
¡Salud, y por la Tercera!

jueves, 20 de diciembre de 2012

Duna


Miguel de Unamuno, Elegía en la muerte de un perro

La quietud sujetó con recia mano
al pobre perro inquieto,
y para siempre
fiel se acostó en su madre
piadosa tierra.

Sus ojos mansos
no clavará en los míos
con la tristeza de faltarle el habla;
no lamerá mi mano
ni en mi regazo su cabeza fina
reposará.

Y ahora, ¿en qué sueñas?
¿dónde se fue tu espíritu sumiso?
¿no hay otro mundo
en que revivas tú, mi pobre bestia,
y encima de los cielos
te pasees brincando al lado mío?

¡El otro mundo!
¡Otro… otro y no éste!
Un mundo sin el perro,
sin las montañas blandas,
sin los serenos ríos
a que flanquean los serenos árboles,
sin pájaros ni flores,
sin perros, sin caballos,
sin bueyes que aran…

¡El otro mundo!
¡Mundo de los espíritus!
Pero allí ¿no tendremos
en torno de nuestra alma
las almas de las cosas de que vive,
el alma de los campos,
las almas de las rocas,
las almas de los árboles y ríos,
las de las bestias?

Allá, en el otro mundo,
tu alma, pobre perro,
¿no habrá de recostar en mi regazo
espiritual su espiritual cabeza?
La lengua de tu alma, pobre amigo,
¿no lamerá la mano de mi alma?

¡El otro mundo!
¡Otro… otro y no éste!
¡Oh, ya no volverás, mi pobre perro,
a sumergir los ojos
en los ojos que fueron tu mandato;
ve, la tierra te arranca
de quien fue tu ideal, tu dios, tu gloria!

Pero él, tu triste amo,
¿te tendrá en la otra vida?
¡El otro mundo!…
¡El otro mundo es el del puro espíritu!
¡Del espíritu puro!
¡Oh, terrible pureza,
inanidad, vacío!

¿No volveré a encontrarte, manso amigo?
¿Serás allí un recuerdo,
recuerdo puro?
Y este recuerdo
¿no correrá a mis ojos?
¿No saltará, blandiendo en alegría
enhiesto el rabo?
¿No lamerá la mano de mi espíritu?
¿No mirará a mis ojos?

Ese recuerdo,
¿no serás tú, tú mismo,
dueño de ti, viviendo vida eterna?
Tus sueños, ¿qué se hicieron?
¿Qué la piedad con que leal seguiste
de mi voz el mandato?

Yo fui tu religión, yo fui tu gloria;
a Dios en mí soñaste;
mis ojos fueron para ti ventana
del otro mundo.
¿Si supieras, mi perro,
qué triste está tu dios, porque te has muerto?

¡También tu dios se morirá algún día!
Moriste con tus ojos
en mis ojos clavados,
tal vez buscando en éstos el misterio
que te envolvía.
Y tus pupilas tristes
a espiar avezadas mis deseos,
preguntar parecían:
¿Adónde vamos, mi amo?
¿Adónde vamos?

El vivir con el hombre, pobre bestia,
te ha dado acaso un anhelar oscuro
que el lobo no conoce;
¡tal vez cuando acostabas la cabeza
en mi regazo
vagamente soñabas en ser hombre
después de muerto!
¡Ser hombre, pobre bestia!

Mira, mi pobre amigo,
mi fiel creyente;
al ver morir tus ojos que me miran,
al ver cristalizarse tu mirada,
antes fluida,
yo también te pregunto: ¿adónde vamos?

¡Ser hombre, pobre perro!
Mira, tu hermano,
ese otro pobre perro,
junto a la tumba de su dios, tendido,
aullando a los cielos,
¡llama a la muerte!

Tú has muerto en mansedumbre,
tú con dulzura,
entregándote a mí en la suprema
sumisión de la vida;
pero él, el que gime
junto a la tumba de su dios, de su amo,
ni morir sabe.

Tú al morir presentías vagamente
vivir en mi memoria,
no morirte del todo,
pero tu pobre hermano
se ve ya muerto en vida,
se ve perdido
y aúlla al cielo suplicando muerte.

Descansa en paz, mi pobre compañero,
descansa en paz; más triste
la suerte de tu dios que no la tuya.
Los dioses lloran,
los dioses lloran cuando muere el perro
que les lamió las manos,
que les miró a los ojos,
y al mirarles así les preguntaba:
¿adónde vamos?

viernes, 30 de noviembre de 2012

Corte, coagulación y hemostasia


Fotografía: Roger Viollet

El bisturí eléctrico cauteriza la herida al tiempo que la produce. Esta es la “imagen fundacional” del libro. 

“Recuerdo que al llegar a casa estaba un poco triste, como cuando terminas un libro que quizá sea el último.” Así acaba el viaje interior —por las venas, por las vísceras, por la memoria— del protagonista de este relato terapéutico, con cirugía y psicoanálisis incluidos. 

Una mirada sobre la realidad que recuerda —en el buen sentido de las palabras— a Kafka, y a sus momentos de comicidad por el absurdo (la reunión, con fuga y regreso, en la casa del editor). 

Consideraciones sobre las palabras que utilizamos para hablar de la realidad y de nosotros mismos; sobre la literatura y la escritura, sobre los recuerdos, los sueños y las visiones personales. 

Metalingüística. Metaliteratura. Autobiografía. Ficción. 

La novela no es grandiosa aventura y homérico heroísmo, sino la microilíada, o microodisea, personal e intransferible, que cada individuo lleva dentro. 

La escritura es diván y quirófano, autoanálisis y bisturí. 

Literatura hipocondríaca. 

El niño solitario y curioso se transforma en un hombre neurótico, en un individuo en fuga, en un obsesivo que quiere curarse de su niñez —el frío, la penuria, la soledad—, de esa calle de su infancia en que lleva atrapado toda su vida. 

El yo, la realidad y la irrealidad. La irrupción de lo irreal en lo real. O de lo real en lo irreal. 

¿Realidad en lo irreal? ¿Irrealidad de lo real?