lunes, 16 de octubre de 2017

Λάμβδα, 5 (My Generation)



En un artículo sobre la canción protesta de los años 60-70, el autor, de cuyo nombre no quiero acordarme, llamaba “rascaguitarras” a los cantautores. El texto rezumaba desprecio, mala baba, y no sé si un revisionismo feroz o simple desconocimiento de lo que supusieron para mi generación —mediados de los cincuenta—, Bob Dylan, Donovan, Lou Reed, Joan Báez, Joan Manuel Serrat, Pablo Guerrero, Brassens y Moustaki, Víctor Jara, Amancio Prada y otros muchos, antiguos y modernos, que cultivaron mi espíritu, mis sentimientos, mis emociones, mis ideas y mi visión del mundo, tanto como Cervantes, Antonio Machado o el mismo James Joyce. El prejuicio prima los libros en perjuicio de los discos, pero uno es también las músicas que ha escuchado.
Mi educación musical comenzó en casa, primero con mi madre —la recuerdo cantando especialmente dos coplas, aquel romance que empezaba Una dalia cuidaba Sevilla en el parque de los Monpansié, y la del toro y la luna, mientras hacía las labores de la casa—; luego con la radio —nunca olvidaré un viaje desde Córdoba a Los Boliches en el seiscientos, mis padres delante, mis dos hermanas, la abuela Sebastiana y yo detrás, con la baca a tope, sonando en la radio del coche una y otra vez el chi ri bi ri bi po po pom pom, chi ri bi ri bi po po pom pom; después con la televisión —Escala en hi-fi, el maestro Ibarbia, Augusto Algueró y Waldo de los Ríos, la canción ligera, el histriónico Raphael (él es un género aparte) brindándole una de las suyas a doña Carmen Polo, la canción melódica —Camilo Sesto, Miguel Gallardo, Juan Bau y compañía, trajeados, pantalón de campana y chaqueta ajustada, al viento los solapones de la camisa, o pajarita, o corbatas con nudos como puños y estampados inverosímiles—, las baladas románticas de los melosos y resultones italianos  —Claudio Baglioni, Niccola di Bari, Sandro Giacobbe, Richard Cocciante; y finalmente con los discos: primero con los que llegaron a casa cuando mi padre compró el primer tocadiscos —Doña Francisquita, El huésped del Sevillano, La Revoltosa, Selección de villancicos tradicionales, Y mis manos en tu cintura, Los chicos con las chicas, La vida sigue igual, Gwendolyne, Help, ayúdame, Todo tiene su fin, Mi calle (de los Lone Star), El sitio de Zaragoza, Libre y América, de Nino Bravo; luego, y hasta hoy, con los que fui comprando después de Songs of Love and Hate, el primero.
Uno podía haber salido fan de cualquiera de esos estilos y cantantes machaconamente promocionados en las emisoras de radio y en la televisión en blanco y negro, pero salió rebelde (en sueños y utopías), ecléctico (rock, jazz, folk, música clásica), cantautorero: We shall overcome, Al alba, Palabras para Julia, The Partisan, A cántaros, El corrido de Juan Sin Tierra, Bella ciao …
Las letras de esas canciones conectaban con la realidad sociopolítica, nos hicieron conscientes del país en que vivíamos, y nos planteaban algunas de los grandes cuestiones que todo joven debe afrontar para irse construyendo una vida más o menos a gusto y acorde con sus valores: libertad, religión, amor, democracia. La canción protesta era una manera de comprometerse, no política, pero sí ideológicamente. No era lo mismo cantar a Raphael que a Georges Brassens, ir a un concierto de Manolo Escobar que a escucharle a Serrat las Nanas de la cebolla, como tampoco era igual leer a Vizcaíno Casas que a los hispanoamericanos del boom. El disco de Paco Ibáñez en el Olympia fue un signo generacional de identidad, lo mismo que las canciones de Quilapayún, Violeta Parra y Víctor Jara. La canción protesta estaba contra Franco, y muchos jóvenes, gracias a la música, también.
Aquellas canciones llenaron muchas horas de mi vida, unas veces en la soledad de mi habitación, otras en la compañía de los amigos, hicieron que me definiera políticamente en las urnas de la Transición y me dieron ilusiones; por eso reivindico ahora, pasados los sesenta años de mi vida,  su lirismo, sus verdades, sus utopías,  y la esperanza que sembraron en mi generación.
Pero no solamente la de los cantautores. Hubo muchas más músicas que fueron, y continúan, educándome, dejando huella en mi corazón y en mi cabeza, en mi actitud, enriqueciendo mi visión de la realidad, abriendo, desentumeciendo, afinando, avivando mi sensibilidad. Creo en la música, como creo en la literatura.

Woody Guthrie. Peter Tosh.
Patanegra. Los Stones.
Hilario Camacho. Brel.
Dylan. Pablo Milanés.
Lou Reed. El Camarón.
Crosby, Still, Nash and Young.
Van Morrison. Charlie Parker. Cohen.
Tom Waits. Triana. Beethoven.
Amancio Prada. Chopin.
Lluis Llach. Mertens. Georges Brassens.
Labordeta. Triana. Víctor Jara.
Bob Marley. La Mandrágora.
Vivaldi. Paco Ibáñez.
Moustaki. Aute. Ilegales.
Mozart. Morente. Krahe.
Carlos Cano. Schubert. Joan Báez
Los Beatles. U-2. Serrat.
El blues de Nueva Orleans.

Ah … la música,  esa matemática que nos conecta con el mundo: sonidos, ritmos y melodías que nos hacen sentir, experimentar sensaciones, emociones, aflorar sentimientos y recuerdos, imaginar situaciones, paisajes, personajes, conectar con el cosmos, como afirmó Pitágoras, sentir que nuestra soledad se puebla, como dijo el poeta Robert Browning, comprender, como afirmó Nietzsche, que la vida, sin música, sería un error. La música que somos.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Λάμβδα, 4


Ulula el viento en mar abierto y suenan unos teclados que evocan un canto de gaviotas en vuelo. Entra una voz de barítono, grave, acordada al piano y luego a la guitarra, una voz que canta exhortativa al navegante, al viajero, y lo invita a gozar de la andadura, del trayecto, en el que podrá acumular tanta más experiencia y sabiduría cuanto más largo sea el periplo. La vieja metáfora del viaje como recorrido al conocimiento de uno mismo y del mundo, como madurez ante la realidad.

Quan surts per fer el viatge cap a Ítaca,
has de pregar que el camí sigui llarg,
ple d'aventures, ple de coneixences.
Has de pregar que el camí sigui llarg,
que siguin moltes les matinades
que entraràs en un port que els teus ulls ignoraven,
i vagis a ciutats per aprendre dels que saben.

         La voz deja paso a unas líricas flautas que continúan la melodía con el acompañamiento de la guitarra y el piano.
          Cuando entra de nuevo la voz, el bajo eléctrico marca el tempo y de vez en cuando hace un breve fraseo. Prosigue el exhortativo con una variación sobre la duración del viaje, que cobra sentido existencial: sé fiel a tus principios, a tus sueños. La vida es lo que tenemos: disfrútala tranquilamente —la calma de los atardeceres de verano, el recogimiento de la lluvia en invierno, las doradas y melancólicas luces del otoño, la explosión de aromas y colores de la primavera, el dulce abandono a los besos y a las caricias, la luz y los bosques de países remotos, otros horizontes, otras gentes, el misterioso acento de otros idiomas—, gózala con serenidad, en sosiego el espíritu cada día. Esa será tu riqueza, ese es el mejor tesoro que guarda la vida, pero no te precipites en su búsqueda, no quieras apurar el ánfora en un único, descabellado trago.

Tingues sempre al cor la idea d'Ítaca.
Has d'arribar-hi, és el teu destí,
però no forcis gens la travessia.
És preferible que duri molts anys,
que siguis vell quan fondegis l'illa,
ric de tot el que hauràs guanyat fent el camí,
sense esperar que et doni més riqueses.

        Precedidas por la batería, vuelven las flautas, los vientos ululantes, las gaviotas y puntea breve la guitarra.
    Los cinco últimos versos repiten y explican la melodía y la metáfora iniciales. Ítaca es la construcción personal del saber, del placer del conocimiento, del gusto de vivir. Ítaca no es el final de todo, sino el comienzo de otra etapa de la vida. Literariamente, en su contexto homérico, Ítaca es el regreso, la restauración del orden y la justicia, el descanso del guerrero en su madurez.

Ítaca t'ha donat el bell viatge,
sense ella no hauries sortit.
I si la trobes pobra, no és que Ítaca
t'hagi enganyat. Savi, com bé t'has fet,
sabràs el que volen dir les Ítaques.

        Reaparecen las melódicas flautas que bajan hasta el silencio. La canción parece acabar. Quisieras, como con los buenos libros, más páginas, más canto.
        Y así ocurre. In crescendo irrumpen sorpresivamente cuerdas, percusión (platos, timbales), piano y teclado eléctrico. Sobre ese fondo vuelves a oír las gaviotas y un efecto solemne y sugerente de los teclados, como si sobrevolaras el viejo mar homérico.
        Conmovedores los versos de Cavafis, la invitación al viaje, a una manera nueva de entender tu propia vida, a liberarte de angustias y entregarte valiente a lo que viniera. Tu vida, desde la mañana siguiente, iba a cambiar, no de modo espectacular, pero sí emocional, éticamente: disfrutar de tus veinte años, de tus amigos, de la ciudad que aún te quedaba por descubrir. Nadie en adelante viviría por ti.
          Abriendo la segunda parte, trompas de resonancias épicas anuncian el motivo melódico.
        Luego la voz y el bajo marcando el tempo se integran con el resto de instrumentos. El texto ya no es de Cavafis, sino de Carles Riba:

Més lluny, heu d'anar més lluny
dels arbres caiguts que ara us empresonen,
i quan els haureu guanyat
tingueu ben present no aturar-vos.
Més lluny, sempre aneu més lluny,
més lluny de l'avui que ara us encadena.
I quan sereu deslliurats
torneu a començar els nous passos.
Més lluny, sempre molt més lluny,
més lluny del demà que ara ja s'acosta.
I quan creieu que arribeu, sapigueu trobar noves sendes.

        Trompas y violines repiten la melodía.
       Podías relacionar el contenido de esta parte con la canción protesta propia de la época, incluso con algunos versos y metáforas de L’Estaca, pero tú escuchabas en ellos una invitación a la superación personal, al inconformismo, a la búsqueda incesante de ti mismo, a aventurarte siempre más allá, a viajar, a navegar, a caminar sin miedo. En definitiva, a vivir.
       Reaparecen  in crescendo las trompas y las cuerdas, unos coros, el teclado y la percusión, hasta que te sorprende un solo de guitarra eléctrica , un poco a lo hawaiano la segunda vez, ejecutado quizá con un slide —uno de esos tubos de metal ajustado al dedo meñique o al anular y que produce un efecto característico—, que repite, con ligerísimas variaciones la melodía anterior hasta llegar a un silencio interrumpido por una apoteosis de coros, timbales, teclados, guitarra, piano y otros sonidos irreconocibles.
        La parte final abre con unos acordes de piano, el bajo y la guitarra, rítmica y punteadora.
     El poema final es una despedida, un adiós en el puerto a los que se embarcan, un deseo de  afortunada navegación y feliz regreso.
       Cuando calla la voz, un breve solo de flauta a lo Jethro Tull. Luego, en solemne culminación final, percusión, metales, teclados, hasta acabar en unas olas que baten la arena. Te imaginas la arribada, la llegada a tierra, a la rocosa Ítaca, la que se ve de lejos.
    Nunca entendiste la tercera parte como himno separatista, como elogio de los aguerridos independentistas, de los terralliuristes, por ejemplo, de aquellos que defendían su catalanidad por encima de sus vidas y las de otros. No creías, y no quieres creerlo aún, que Lluis Llach y Carles Riba pensaran en ellos, a pesar del autonomismo y de la «España de los pueblos» que trajeron los aires liberadores de la Transición. Tú mismo padeciste, hacia los 20, y hasta los 25, unas ligeras fiebres nacionalistas andaluzas que remitieron cuando comprendiste que los nacionalismos separaban y que las fronteras sobraban.

Bon viatge per als guerrers
que al seu poble són fidels,
afavoreixi el Déu dels vents
el velam del seu vaixell,
i malgrat llur vell combat
tinguin plaer dels cossos més amants.
Omplin xarxes de volguts estels
plens de ventures, plens de coneixences.
Bon viatge per als guerrers
si al seu poble són fidels,
el velam del seu vaixell
afavoreixi el Déu dels vents,
i malgrat llur vell combat
l'amor ompli el seu cos generós,
trobin els camins dels vells anhels,
plens de ventures, plens de coneixences.

       No acababas de entender la presencia de los guerreros en la tercera parte. Eran guerreros y un poco pescadores: fieles a su patria, hacían el amor y llenaban sus redes de anheladas estrellas. Reaparecía el motivo temático de la vida como un viaje en el que aprender y gozar —plens de ventures, plens de conixences—, pero se introducía uno nuevo —i malgrat llur vell combat— que solo podía entender en el contexto de la mítica guerra de Troya, referido a Ulises, símbolo por excelencia del amor por la patria. El guerrero Ulises, tras diez años frente a los muros de Ilión, dilata otros diez su regreso a Ítaca. No olvida su patria ni a su esposa (els guerrers que al seu poble són fidels), pero tiene amores con la hermosísima Calipso, con la maga Circe, y porque no quiso con la joven Nausícaa, que se le hubiera entregado gustosa (tinguin plaer dels cossos més amants). Su carácter decidido y su voluntad de superar experiencias y conocer lugares inalcanzables para el común de los mortales lo llevan a oír a las sirenas sin sucumbir a sus encantos, a salir indemne de Escila y de Caribdis, a visitar el reino de las sombras y hablar con el alma de su madre (ple d'aventures, ple de coneixences). ¿Eran esos deseos de experiencias, los sueños de Ulises, las volguts estels que canta Lluis Llach?
       Sí, 15 minutos gozosos, conmovedores, revulsivos, en aquella habitación abuhardillada de Maese Luis, acurrucado bajo las sábanas y con el transistor pegado a la oreja.






Escuchar Viatge a Itaca.

martes, 3 de octubre de 2017

Un hombre del ferrocarril (y 3)

         
            En julio de 1901, Franz Kafka termina el bachillerato de Humanidades en el Real e Imperial Gymnasium Alemán, sito en la primera planta del palacio Goltz-Kinsky en la Plaza Vieja de Praga. El consejo del claustro orienta al alumno hacia los estudios de Filosofía, pero pasado el verano se matricula en Química, igual que su compañero Oskar Pollak. A las dos semanas, abandona y cambia a Derecho, una opción más acorde con las pretensiones del padre de verlo convertido en funcionario del imperio austrohúngaro; después de un semestre deja las aulas del Karolinum y comienza a asistir a clases de Filología Alemana y de Historia del Arte. Podemos imaginar las caras serias de los padres, las trifulcas y los silencios de enfado y contrariedad en el domicilio de los Kafka, entonces en el número 3 de la calle Celetná.
            El 3 de julio de 1902, Kafka cumple 19 años, siente la necesidad de independencia, de elegir, de fantasear, libremente su futuro. Quiere volar, abandonar el nido y dejar Praga. Piensa en continuar sus estudios de filología y arte en Múnich. Piensa también en dos de sus tíos, hermanos de su madre, Alfred y Josef, que casi con la edad que él tenía ya eran independientes, habían abandonado el hogar familiar y conocido en París a los magnates franceses Philippe y Maurice Bunau-Varilla, y andaban uno en Madrid, como director de una compañía de ferrocarriles y otro en el Congo, también en el ferrocarril.

Lista de bachilleres aprobados en el curso de 1901. Todas las imágenes de esta entrada, excepto aquellas de las que se indica su procedencia, están tomadas de: Klaus Wagenbach, Franz Kafka. Imágenes de su vida. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 1998.


            Por lo que sabemos, fraguó mejor relación con «el tío de Madrid», que solía aparecer todos los veranos un par de semanas por Praga. Mantenía con él una correspondencia, no abundante, pero nunca interrumpida.
            La primera alusión de Franz Kafka a su tío Alfred Lowy la encontramos en una carta a su amigo del instituto Oskar Pollak, con fecha de 24 de agosto de 1902 [1]: “El tío de Madrid (director de ferrocarriles) estaba aquí, en Praga. Poco ante de su llegada, se me ocurrió preguntarle si me podría ayudar, si conocía algún lugar donde pudiera echarme una mano y empezar de nuevo. Bueno, empecé con cautela. Te ahorro los detalles. Empezó a hablar con unción, pero es un buen hombre, me consoló. Le quitó importancia al asunto. Me quedé callado, aunque no quería estarlo, y durante dos días estuve con él en Praga, pero no hablamos del asunto. Esta noche se marcha”.
            Sobra decir que nada hizo el tío por el sobrino en este caso, más que nada, pensamos, porque el sobrino, aparte una tremenda inseguridad sobre los estudios que había de seguir, carecía de un título que lo capacitara profesionalmente y sobre todo de una experiencia laboral que permitiera al tío enchufarlo en un buen puesto en España. ¿De qué podía trabajar un simple bachiller, que había estudiado sobre todo latín y griego, en una compañía de ferrocarril? Un despacho no parecía lo más adecuado. Tampoco iba a enviar al muchacho, de natural enclenque y enfermizo, a colocar traviesas o raíles en los yermos de Castilla La Vieja.
—No, Franz, pudo decirle el tío Alfred, termina antes unos estudios de Contabilidad y Comercio, como hice yo, de Derecho, o alguna ingeniería, pero no te aventures a un mal trabajo con un mal sueldo. Estudia primero, y ya hablaremos.
La idea de abandonar Praga volverá cinco años más tarde, en una carta a su amigo Max Brod.
Tras una breve estancia en Múnich para ver la posibilidad de continuar allí sus estudios de filología y de arte, Kafka vuelve a las aulas del Karolinum, donde cursará los ocho semestres mínimos exigidos para ejercer la abogacía. En otoño de 1905 aprueba los últimos exámenes de la carrera e inmediatamente comienza a preparar el doctorado, que entonces contemplaba la superación de tres exámenes orales: Rigorosum I (derecho canónico, roma no y alemán); Rigorosum II (derecho austríaco, procesal, comercial y penal); Rigorosum III (derecho general, internacional y economía política). El 18 de junio de 1906, la Universidad Real-Imperial Carlos Fernando de Praga cuenta con un nuevo doctor en Derecho.

Actas de los exámenes de doctorado

Anuncio del título de doctorado a  amigos y conocidos


            Al tiempo que preparaba el último examen de su doctorado, Kafka comienza a trabajar como pasante en el bufete del abogado, Richard Löwy, que no era de la familia, durante los meses de abril a septiembre de 1906. A renglón seguido, un año de prácticas en los juzgados de Praga —6 meses en el tribunal de lo civil, otros 6 en el de lo penal—, que acaba el 30 de septiembre de 1907.
        Es lógico pensar que mientras termina sus estudios universitarios, sin brillantez, es cierto, preparaba su doctorado, que pasó con un simple aprobado, también hay que decirlo, y hacía prácticas en tribunales, es natural, decíamos, que durante estos seis años, Alfred Löwy visitara Praga cada verano para ver a los padres y a la familia, que hablara con su hermana Julie, con su cuñado Hermann Kafka, incluso con su sobrino Franz, acerca del futuro profesional del muchacho, y que estos le pidieran consejo y orientación.
            Si Franz no había hablado al respecto con su tío, sí que había pensado hacerlo y pedirle nuevamente que lo ayudara a salir de Praga, como prueban estas líneas de la carta a Max Brod que mencionamos arriba [2], escrita desde Triesch a mediados de agosto de 1907 (no ha terminado aún su año de prácticas en los juzgados): “si mis perspectivas no mejoran hasta octubre haré el curso para bachilleres en la academia de comercio y, además de francés e inglés, estudiaré español. Si quisieras hacer esto conmigo sería estupendo; yo sustituiría con impaciencia lo que tú me aventajas en el estudio; mi tío nos tendría que conseguir un puesto en España, o nos podríamos ir a Sudamérica o a las Azores, o a Madeira”.

Alfred Löwy y Franz Kafka hacia 1905-1906


   Kafka acaba de cumplir 24 años, está capacitado académicamente para la vida laboral, no ha publicado nada todavía pero ya tiene clara su vocación literaria, lee sus escritos a sus amigos —Oskar Baum, Felix Weltsch, Max Brod—, que lo animan a escribir, especialmente Brod, que actúa como representante in pectore en revistas y editoriales, y es conocido en los círculos intelectuales praguenses. Pero quiere cambiar de aires con la excusa del trabajo, y dejar atrás el atosigante hogar familiar. Por eso no le importan ni el puesto ni el lugar: España, Sudamérica, Madeira, las Azores.
     Un mes más tarde, cambian las tornas. En otra carta a Max Brod [3], con fecha de 22 de septiembre, leemos: “El asunto es simplemente así. Algunas personas se deciden de tiempo en tiempo y entre tanto disfrutan sus decisiones. Yo en cambio me decido con igual frecuencia que un boxeador, pero eso sí: sin boxear. Sí, me quedo en Praga.
         Es probable que próximamente consiga un trabajo (nada particularmente extraordinario)”.
        ¿Qué ha ocurrido en el ínterin? Hemos de pensar que Alfred Löwy ha hablado con el sobrino y lo ha puesto al corriente de sus gestiones. Esta vez «el tío de Madrid» sí que ha echado mano de sus contactos y movido hilos. Entre sus amistades y conocimientos en Madrid encontramos a Josef Arnold Weissberger, representante de Assicurazioni Generali en España, cuyo padre, Arnold Weissberger es vicecónsul norteamericano en Praga y apoderado del Union Bank. Esta conexión de alto nivel —el director de dos compañías de ferrocarril y administrador de La Mutua Española, el representante en Madrid de una importante compañía italiana de seguros con filial en Praga, el vicecónsul estadounidense— funcionó como un engranaje bien acoplado y engrasado, y el día 1 de octubre de 1907, justo al día siguiente de terminar sus prácticas judiciales, el joven doctor F. Kafka entra en el edificio de las Assicurazioni Generali, en la plaza Wenceslao de Praga, como auxiliar en la división de seguros de vida por un periodo de prueba de un año [4]: “El Sr. Weissberger me ha introducido en las Assicurazioni con no poco esfuerzo. […] Él me avaló en la Sociedad y, de inmediato, las primeras palabras de los funcionarios superiores en presencia del Sr. Weissberger dieron a entender que era evidente que yo me quedaría para siempre en la Sociedad, caso que fuese incorporado, lo que en aquel momento no era en absoluto seguro. Desde luego que yo asentía con vehemencia”.
Kafka comprendió enseguida que la creación literaria era incompatible con su trabajo en Assicurazioni. Pocos días después de comenzar, escribe a Hedwich Weiler [5], una joven que había conocido durante unas vacaciones en Triesch, donde vivía Siegfried Löwy, médico rural, hermanastro de Alfred: “Llevo una vida muy desorganizada. Es cierto que tengo un puesto de trabajo con un sueldo minúsculo de ochenta coronas y un horario inacabable de entre ocho y nueve horas, pero el tiempo que paso fuera de la oficina lo devoro como un animal salvaje. Como hasta ahora no estaba acostumbrado a limitar mi vida diurna a esas seis horas que me quedan, y además estoy aprendiendo italiano, y me apetece gozar al aire libre del buen tiempo que viene haciendo estos días, las horas libres no me reportan suficiente descanso”. Además de la jornada partida de lunes a sábado y del sueldo de 80 coronas, las condiciones no eran atractivas: no se remuneraban las horas extras; los empleados no podían tener otro trabajo sin autorización por escrito de la compañía; se contemplaba la posibilidad de 14 días de vacaciones cada dos años en la fecha indicada por la compañía.
Aun así, y convencido de que ese podía ser el trampolín para liberarse de aquella “madrastra con garras” en que se le había convertido la capital checa, Kafka estudia italiano con vistas a un posible traslado a Trieste, a Venecia, a Milán, o a cualquier otro lugar lejano y exótico: “Estoy empleado en la Assicurazioni Generali, y al menos tengo la esperanza de ocupar algún día un puesto en algún país remoto y ver por la ventana un campo de caña de azúcar o un cementerio mahometano, y el negocio de los seguros me interesa mucho, pero el trabajo que estoy haciendo ahora es más bien triste”. Se queja a continuación de las “horas pantanosas de vagancia”, del aislamiento y del cansancio: “No me entero de historias, no veo gente, paso cada día a toda prisa por cuatro calles cuyas esquinas ya me sé de memoria, y por una plaza; estoy demasiado cansado para hacer planes. A lo mejor me estoy volviendo de madera de las yemas de los dedos para arriba. Pero no es solo pereza, sino también miedo, un miedo general a la escritura, esa ocupación atroz a la que me resulta tan doloroso tener que renunciar”.

Sede de Assicurazioni Generali en Praga
Nueve meses en esas condiciones bastaron. Mientras cumplía con Assicurazioni, entre febrero y mayo realizó un curso sobre seguros laborales en la Academia de Comercio de Praga, que le valió, junto con la recomendación del padre de Felix Píbram, amigo de Kafka desde los años del bachillerato, para ser admitido el 30 de julio de 1908 en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo del reino de Bohemia, en el que permaneció hasta su jubilación por enfermedad en 1922.

Edificio del Instituto de Accidentes Laborales del Reino de Bohemia


Hay quien sostiene que Alfred Löwy, por razones personales, no quería a su sobrino viviendo en Madrid, y por eso no movió un dedo en 1902; y cuando lo ayudó en 1907 fue para que se quedara lejos de Madrid. ¿Por qué? ¿Pudo Franz Kafka vivir en España y no lo hizo porque su tío lo evitó? Luego volveremos sobre el asunto.
Como dijimos antes, la correspondencia entre tío y sobrino a lo largo de 18 años fue escasa, pero nunca se interrumpió, y lo cierto es que durante ese tiempo el sobrino cita al tío al menos en una docena de ocasiones en los diarios y en las cartas a sus novias y amigos, generalmente para informar lacónicamente de la llegada o de la marcha del tío en sus vacaciones de verano, o para hablar de la soltería de ambos.
Durante el verano de 1912, Kafka hizo dos anotaciones en el diario sobre su tío, próximo a cumplir sesenta años ya. Una es sobre su aspecto externo y el sentimiento que provoca en el sobrino [6]: “Mi tío de Madrid. El corte de su chaqueta. El efecto de su cercanía. Los detalles de su naturaleza. Su modo de atravesar flotando la entrada al dirigirse al retrete. En ese momento no responde a ninguna palabra que se le dirija. Se vuelve más tierno cada día, si no se enjuicia el cambio paulatino, sino los instantes llamativos”. La otra recoge parte de una conversación entre tío y sobrino sobre la vida en Madrid. “Le pregunto: Cómo se concilia que estés descontento, como dijiste hace poco, y que te adaptes a todo, como se ve una y otra vez (lo cual revela una particular grosería, pensé). Respondió, tal como lo recuerdo: «En particular estoy descontento; en general, no. Ceno bastante a menudo en una pensión francesa muy distinguida y cara. Una habitación de matrimonio cuesta, por ejemplo, con pensión completa, cincuenta francos al día. Me siento allí, por ejemplo, entre un secretario de la embajada francesa y un general español de artillería. Frente a mí se sienta un alto funcionario del Ministerio de Marina y conde de no sé qué. Ya los conozco bien a todos, me acomodo en mi sitio saludando hacia todos lados, y dado que estoy de mal humor no digo palabra, salvo el saludo con que vuelvo a despedirme. Luego me encuentro solo en la calle y realmente soy incapaz de ver de qué ha servido esa noche. Me voy a casa y lamento no haberme casado. Naturalmente, todo eso se esfuma enseguida, bien porque lo pienso hasta el final, bien porque los pensamientos se dispersan. Pero regresa ocasionalmente”. No pinta el tío, desde luego, una existencia atractiva, o satisfactoria en Madrid. No nos da esa impresión, sino la contraria: la soledad de la soltería, las cenas en silencio, las formalidades vacías, el aislamiento, cierta tristeza. ¿Una manera de no hacer apetecible al sobrino la idea de vivir en Madrid?
Kafka, sin embargo, no olvida del todo Madrid. En la primavera siguiente todavía entra en sus planes la posibilidad de viajar a España [7]: “si no ocurren grandes milagros estaré mucho tiempo sin verte, como no me acompañes en mi viaje a Italia o por lo menos al lago de Garda o incluso a ver a mi tío en España”. A pesar de la distancia, al tío Alfred se le consultaban los asuntos importantes de la familia, bien a través de su hermana Julie, bien por las cartas del sobrino, que siempre se muestra afectuoso —“Mi tío, el que vive allí [en Madrid] es, de entre mis familiares, el que siento más próximo a mí, mucho más que mis padres, pero naturalmente en un determinado sentido” [8]; “un telegrama de París, anunciando que un tío mío muy mayor, a quien en el fondo, por otra parte, tengo mucho cariño, que vive en Madrid y hace muchos años que no viene por aquí, llegará mañana por la noche” [9]—, excepto en una ocasión que merece breve comentario aparte.
A primeros de agosto de 1913, Kafka le había escrito una carta al tío de Madrid en que le hablaba, entre otras cosas, de su noviazgo con Felice Bauer. Con la carta iba también un ejemplar de la revista Arkadia en el que aparecía La condena. A vuelta de correo —5 de agosto de 1913—, Kafka recibe este telegrama de Madrid: «Contentísimo felicito cordialmente novios tío Alfred».
Unos días después, el 13 de agosto, al año exacto de conocerla en casa de Max Brod, Kafka anota en su diario: “Quizá ahora haya acabado todo y mi carta de ayer sea la última”, refiriéndose a su relación con Felice Bauer; apunta también que su madre le pregunta si le ha escrito una carta explicativa a los padres de ella, y también si le piensa escribir al tío Alfred —“Ha telegrafiado, ha escrito, desea que todo te vaya bien”, argumenta—, y entonces Kafka vivamente irritado salta: “Eso son meras formalidades […], para mí es un perfecto extraño, me malentiende completamente, no sabe ni lo que quiero ni lo que necesito, no tengo nada que ver con él”. Este súbito rebote del sobrino se debe, creemos, a que su tío, lo mismo que Felice Bauer, no comprende que la escritura es el aire que respira, que él no es, ni puede ser otra cosa que literatura, que ha nacido para escribir, y que una vida burguesa como la que le espera junto a Felice sería una verdadera catástrofe personal, la más dolorosa de las renuncias.
Por cierto, en carta a Felice de esa misma fecha, escribe [10]: “en La condena, se ocultan muchas cosas afines a mi tío (es soltero, director de ferrocarriles en Madrid, conoce Europa entera excepto Rusia), y mira por donde le anuncio yo ahora mi noviazgo en una carta similar a la que Georg manda a su amigo”.
Otro de los asuntos que se le consultan al tío de Madrid es el de la fábrica de amianto. En 1911, Karl Hermann, el marido de Gabrielle, la mayor de las hermanas de Kafka, crea la Prager Asbestwerke Hermann and Co., en que participa también el padre de Kafka, por consejo de su hijo. La fábrica dejó de producir amianto al comienzo de la Primera Guerra Mundial y se cerró definitivamente en 1917. Durante ese tiempo la fábrica fue para Kafka, que figuraba como administrador, motivo continuo de preocupaciones y quejas [11] —“el tormento que me causa la fábrica. Por qué cedí cuando me obligaron a trabajar en ella por las tardes. Es cierto que nadie me obliga por la fuerza, pero mi padre me obliga con sus reproches; Karl, con su silencio, y mi sentimiento de culpa también”—, que también comparte con su tío: “Ayer una carta notable al tío Alfred, acerca de la fábrica”, escribe en su diario el 24 de mayo de 1912 [12]. Para montar la fábrica, no solo ha invertido dinero el padre de Kafka, creemos que también se le ha pedido dinero al tío Alfred [13]: “Carezco casi de un interés directo en la fábrica, pero sí tengo un interés indirecto. No quiero que se pierda el dinero de mi padre, que él ha puesto a disposición de Karl porque yo se lo aconsejé y se lo pedí, esta es mi primera preocupación; no quiero que se pierda el dinero de mi tío, que él ha prestado no tanto a Karl cuanto a nosotros”.
Durante la guerra, el tío de Madrid no viajó a Praga. Volvió con 68 años, en julio de 1920: el sobrino va a recibirlo a la estación, pasea con él y le da conversación, lo acompaña en las visitas, hasta que lo despide el 24 de julio. No volvieron a verse.
La última referencia escrita a su tío la leemos en una carta a Max Brod escrita desde Berlín en noviembre de 1923 [14]: “Sobre la herencia, no son más que habladurías, pero parece que muy difundidas, porque también Else Bergman me escribió sobre el asunto. La verdad es que la herencia alcanza un total de 600.000 K., lo que, además de mi madre, ha de repartirse entre tres tíos. Aun así, esto no estaría nada mal, pero lamentablemente también son parte importante los gobiernos de Francia y de España y el notario de Madrid y los abogados”.
Max Brod dijo de Alfred Löwy que era hombre “poco comunicativo, pero con todo afectuoso y dotado de un agudo sentido de la familia” [15] (citado por Garcival), una afirmación que compartiría plenamente su sobrino. Javier Goñi [16] lo presenta como “un aventurero y un buscafortunas cosmopolita, al igual que Josef […], ambos labrándose fama y dinero lejos de casa lejos de esa Praga mágica y poco amable con los judíos, la ciudad del Golem, y ambos tíos con mucho predicamento en la familia”. Valga, si acaso, el primer apelativo para Josef, que trabajó en Panamá, el Congo, China y Canadá, pero no para el discreto Alfred, y achaquemos el segundo a ese prurito periodístico de exagerar y distorsionar la realidad, pues no fueron sino ejecutivos de alto nivel.
Para Javier Rioyo [17], la actitud del tío, su negativa a buscarle al sobrino un trabajo en Madrid, fue premeditada, producto de “su independencia, su egoísmo y deseos de esconder su nueva vida, su nueva personalidad”. Gracias a ello, continúa el escritor madrileño “nos libramos de un Kafka castizo, amigo de Arniches, de Camba o de Ortega”, presuponiendo que Kafka, lo mismo que su tío, se habría españolizado, bastardeado, y su literatura habría perdido precisamente su especificidad, lo kafkiano.
¿Cuál es esa nueva vida, esa nueva personalidad? Según Rioyo, la buena vida (cenas en Lhardy, noches de teatro y de amores con alegres madrileñas), el apartamiento de la religión judía (ha olvidado la sinagoga y el Talmud), la independencia y la falta de explicaciones a la familia: nada dice de su última amiga.
¿Se vería amenazado todo ello si su sobrino Franz viniera a trabajar a Madrid?
Podría pensarse a primera vista que sí, que el tío llevaba en Madrid una vida en algunos aspectos licenciosa —un hombre materialista, un sibarita con amantes, olvidado del judaísmo—, y que el sobrino podría ser un incordio, cuando no un acusica que iba a contar a la familia que el tío Alfred vive así y asá, que ayer estuvo en tal sitio o con tal mujer. Podría.
Que Alfred Löwy estuviera acostumbrado a los restaurantes de lujo y a las exquisiteces gastronómicas no podía extrañar a nadie viendo en qué círculos se movía en París y en Madrid. Que un soltero elegante, caballeroso y con dinero asistiera con frecuencia al teatro y tuviera amores con sicalípticas madrileñas tampoco sería piedra de escándalo; el propio sobrino lo hacía en Praga y en sus viajes al extranjero. En cuanto a la religión judía, no fue el primer Löwy que abandonó la religión judía, si es que la abandonó: ya lo había hecho un tío abuelo materno suyo, y lo hizo después Rudolf Löwy, hermanastro de Alfred. Tampoco podemos afirmar que la rama de los Kafka fuera especialmente observante de la religión judía. Para el padre de Kafka, la religión  no era tanto cuestión de fe, como social, de pura apariencia. Klaus Wagenbach [18] escribe al respecto: “La «fe de los padres» se perdía en el camino de «abajo» a «arriba», en el camino que llevaba de las piadosas comunidades judías provincianas a las grandes ciudades”.¿Tanto escándalo se iba a formar en la familia por que el tío Alfred se hubiera acercado al catolicismo? No sabemos, además, si ese acercamiento fue por convicción o por conveniencia social en un país católico. Lo único que podemos asegurar en este punto es que Alfred Löwy figuraba entre los Sres. empleados protectores, que colaboraban económicamente en el mantenimiento y publicación de la Revista Católica de CuestionesSociales, editada por el «Patronato Social de Buenas Lecturas», en los números de 1908, 1912 y 1914. ¿Significaba esa suscripción que don Alfredo se había bautizado?


Estas dos imágenes proceden de ejemplares de la revista conservados en la Biblioteca Nacional de Madrid.


En cuanto a la influencia que nuestro país habría tenido en la obra de Kafka si este hubiera vivido en Madrid, dejo aquí algunas conjeturas que el lector puede continuar si es gustoso y dado a imaginar.
Por fecha de nacimiento, Kafka formaría parte en España de la Generación de 1914, también llamada del Novecentismo, por lo que sería compañero de letras de Ortega y Gasset, Gabriel Miró, Ramón Pérez de Ayala y Juan Ramón Jiménez. Joven quizá para los del 98, quizá algo mayor para los del 27. A todos ellos pudo, además de leerlos, conocerlos y tratarlos, y tener sus simpatías por unos y por otros.
¿Habrían influido tales escritores en su literatura? Seguramente no, aunque aparecerían en sus cartas y diarios.
¿Habría escrito La metamorfosis? Claro que sí, porque esa extraña y maravillosa novela que refleja simbólicamente la realidad del individuo en la modernidad no es una mímesis clásica de la vida, un reflejo costumbrista de la vida en Praga. La metamorfosis es el alma compleja y atormentada de Kafka, que no habría cambiado por mucho chotis y mucha zarzuela que oyera en la capital madrileña. También oía música popular en Praga. Es una obra épica con todas las de la ley, la minúscula odisea existencial de nuestros días, un inquietante drama en que el héroe clásico es un reconocible y universal perdedor. Kafka es una literatura que nace y muere en él.
¿Habría escrito en Madrid las mismas historias que en Praga? Sin duda. No creo que en Madrid hubiera cultivado la deshumanización orteguiana. La literatura de Kafka está manchada, preñada de hombreidad, de ser humano, de sensaciones, sentimientos, emociones y situaciones que nos son familiares, por cotidianas y vividas.
¿Se habría convertido en un noventayochista? Tampoco lo creo. Sus paisajes son abstractos, oníricos, no se identifican precisamente con el ser nacional de Bohemia o de Checoslovaquia. No le interesaba el pasado como construcción de presente o de futuro, sino el presente sin más, el individuo apenas enraizado, el presente que no deviene futuro, el presente que es una condena, un vivir atribulado, sin posibilidad de redención, de felicidad, de armonía con los demás.



[1] https://homepage.univie.ac.at/werner.haas/
[2] Franz Kafka, Cartas a Max Brod (1904-1924). [En adelante abreviamos en MB]. Ed. Grijalbo/Mondadori, Madrid, 1992, p. 24.
[3] MB, 25
[4] MB, 21 dic 1907, 28-29
[5] https://homepage.univie.ac.at/werner.haas/
[6] F. Kafka, Diarios. Carta al padre. [En adelante, D]Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2000, p. 341.
[7] F. Kafka, Cartas a Felice. [En adelante, FB]. Edición digital: http://assets.espapdf.com/b/Franz%20Kafka/Cartas%20a%20Felice%20(8434)/Cartas%20a%20Felice%20-%20Franz%20Kafka.pdf
[8] FB, 5 agosto 1913.
[9] F. Kafka, Cartas a Milena. [En adelante, MJ]. Alianza Editorial, Madrid, 2004, p. 80.
[10] FB, 5 ago 1913.
[11] D, 263.
[12] D, 333.
[13] D, 530.
[14] MB, 271.
[15] G. Garcival, “Kafka y su «tío de España», don Alfredo Loewy”, ABC, 26 enero 1980, p. 21.
[16] J. Goñi, “El Expreso de Irún, de las 8,40”, en la web Divertinajes.com
[17] J. Rioyo, “Kafka podría haber sido castizo”, El País, 2 septiembre 1914.
[18] Klaus Wagenbach, Franz Kafka. Imágenes de su vida. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 1998, p. 31

martes, 26 de septiembre de 2017

jueves, 21 de septiembre de 2017

miércoles, 20 de septiembre de 2017

sábado, 16 de septiembre de 2017

Un hombre del ferrocarril


1

Le debía esta visita. Tendría que haberla hecho mucho tiempo atrás, pero con mil pretextos excusables he pasado años posponiéndola, aunque sintiéndome culpable, consciente de que en uno de los muchos viajes a Madrid durante estos años habría bastado con dedicarle un par de horas de mi insignificante tiempo a cumplir el protocolo y presentarle mis respetos. Muchos años, casi cuarenta han transcurrido, desde que supe de su existencia a finales de los 70 o primeros de los 80, hasta el pasado mes de junio.
            Esta vez la visita era inaplazable. Unos días antes de viajar le había mandado por whatsapp las señas a mi amigo Luis Pozo y hablé con él por teléfono para reservarnos unas horas del fin de semana que iba a pasar en la capital. La agenda estaba más que cubierta: Feria del Libro, museo Sorolla, un té de media tarde en casa de mi hijo, cervezas en la plaza del 2 de Mayo, comida familiar en una arrocería, paseos y terrazas del centro. El domingo por la mañana, antes de las nueve, ya estábamos Luis y yo tomando café en un bar al otro lado del Manzanares. Aparcamos a la entrada de la Sacramental de Santa María, en un jardín cuidado y limpio, con setos recortados a tiralíneas y cipreses jóvenes, desde donde se ve el estadio Vicente Calderón.
            En la misma puerta de entrada le preguntamos a un operario joven, que no tardó en acordarse de que su jefe le había hablado de aquella tumba, aunque no sabía a quién pertenecía. Mientras nos acompañaba hasta el lugar nos fue contando que allí enterraban ya a muy pocas personas, porque el cementerio estaba saturado, que sus labores eran sobre todo de mantenimiento, que los familiares querían hiedras en las tumbas y luego fijaos lo que pasa, dijo, señalando una capilla mortuoria devorada y desquiciadas las piedras por una vieja hiedra.
            El lugar estaba hermoso en la mañana soleada. Corría una brisa fresca y desde la copa de los cipreses la claridad de junio se derramaba sobre los mármoles y las piedras ennegrecidas —figuras yacentes, ángeles postrados y alados arcángeles protectores, alegorías de la muerte sin rostro, matronas dolientes, calaveras y crucifijos de piedra, dramáticas figuras implorantes por la muerte de una joven, de un niño, de un anciano— confiriéndoles una belleza exenta de todo sentimiento macabro o repulsivo.
            El muchacho nos condujo sin titubeo al lugar exacto —patio de la Concepción, sección V, fila segunda, nicho número 439– y nos señaló con el índice:
—Ahí lo tienen. ¿Quién era este hombre?
            Le expliqué brevemente de quién se trataba y el muchacho se despidió de nosotros.
            Sí. Ahí lo tenía.
—Mis respetos, don Alfredo—, musité en voz baja quitándome el sombrero y con una leve inclinación de cabeza.
            La losa de mármol blanco que tapa el nicho ha perdido casi todo el pulido original, pero la inscripción, en letras mayúsculas negras, se lee a la perfección: EL EXCMO SOR / DON ALFREDO LOËWY / Y PORGÉS / 18 DE DICIEMBRE 1852 / 28 FEBRERO 1923 / D.E.P. La lápida tiene un sencillo adorno de doble línea con remates semicirculares en las esquinas. Fue labrada por el marmolista T.O, en su taller de la calle Murcia 10,  de Madrid.
            Dos detalles se hacen notar. Uno: el primer apellido no es español, y el segundo lo parece por su ortografía. Dos: don Alfredo Loëwy fue enterrado como católico, al menos como cristiano, según atestiguan las dos cruces que aparecen en la lápida: la mayor, que preside la inscripción, y la pequeña que precede a la fecha de su muerte; sin embargo, la fecha de su nacimiento va precedida de una estrella de cinco puntas.
            ¿Quién fue este don Alfredo Loëwy y Porgés?
            A Luis ya le había hablado de él en varias ocasiones. Esta vez le resumí un cuento de Juan Eduardo Zúñiga en que don Alfredo espera, aunque desea que no llegue nunca, a un sobrino suyo. Comentando con humor las posibles relaciones entre tío y sobrino, y después de hacer unas fotografías, nos despedimos de don Alfredo y salimos con ánimos alegres del cementerio, satisfechos de la visita cumplida.


                                       
2

Alfred Löwy había nacido en Podebrady, una pequeña ciudad de Bohemia a orillas del Elba. Fue el primero de los cuatro hijos —junto a Julie, Richard y Josef— de Jakob Löwy y de Esther Porias, ambos judíos de origen alemán, ambos de familia de pañeros, y miembros de la pequeña burguesía provinciana. Jakob era propietario también de una fábrica de cerveza.
La pobre Esther murió de tifus a los 28 años. Al año siguiente, 1959, Jakob contrae nuevo matrimonio con una pariente de los Porias, Julie Heller, que aportó dos hijos más a la familia, Rudolf y Siegfried. En  1876, Jakob vende la casa y el comercio de paños y la familia marcha a vivir a Praga, al número 24 de la calle Karlova. Para entonces, Alfred ya ha dejado el nido.
Antes de que sus padres se trasladaran, Alfred había terminado el bachillerato  en Praga —¿en el Altstädter Deutches Gymnasium, como años más tarde uno de sus sobrinos?— e ingresado en la Academia de Comercio. No quería acabar vendiendo telas en un comercio de Praga, ni llevando la contabilidad de la fábrica de cerveza de Podebrady. Seguiría la tradición comercial y empresarial de la familia, pero desde otra perspectiva: la administración y dirección de los negocios, las grandes finanzas empresariales. Hablaba checo y alemán, había estudiado francés, tenía 20 años y ganas de triunfar y de conocer mundo. Estaba decidido a alejarse de la familia y abandonar Praga.
Con sus ilusiones y su título de Comercio y Contabilidad, Alfred toma el tren a Viena, donde lo encontramos de contable en la empresa Lipstadt en 1873, el año de la gran exposición universal en la capital austriaca, oportunidad de oro que el joven aprovecha para ver de cerca el mundo de las compañías internacionales, de las grandes empresas constructoras de maquinaria, de los proyectos internacionales, de las inversiones en bolsa y los negocios de seguros.
Tres años después, con 24 años, Löwy es apoderado en París de un banco perteneciente a los Bunau-Varilla, propietarios del periódico Le Matin y los mayores inversores en las obras del canal de Panamá una vez fracasada en 1888 la empresa de Lesseps, que los especialistas atribuyen al mayor de los hermanos, Philippe. Durante más de quince años, reside en París, donde ha recalado también su hermano Josef. Alfred Löwy obtiene la nacionalidad francesa en 1890.
 En 1893 los Bunau-Varilla crean en París una sociedad para explotar dos líneas ferroviarias en España, la de Madrid a Cáceres y Portugal, y la del Oeste, cuyas oficinas centrales abrirán en la madrileña estación de Las Delicias. Como secretario y administrador de la misma designan a nuestro hombre, que enseguida se establece en Madrid. Acaba de cumplir 41 años.
Dos años más tarde, Alfred Löwy figura también como representante en España de la Compañía de Medina del Campo a Salamanca, de la que será director a comienzos de 1897. Para esas fechas, al menos en la prensa, se ha españolizado su nombre y transformado su apellido, aunque a veces el tratamiento sigue siendo francés: monsieur Alfredo Loëwy.
Los primeros años en España son de intensa actividad: aprender el idioma y conocer a grandes rasgos la idiosincrasia del país, de sus gobernantes, de sus financieros, establecer contactos, completar la línea de Plasencia a Astorga, mejorar la conexión con Lisboa, con La Coruña, atender y dar instrucciones precisas a los ingenieros, salvar las dificultades del terreno —puentes, túneles, viaductos—, controlar el suministro de herramientas y materiales, raíles y traviesas, locomotoras, vagones para los viajeros, construir estaciones y apeaderos, pozos para el abastecimiento, viajes continuos por el noroeste del país, y comunicaciones casi diarias con París.




Don Alfredo mostró siempre un impecable savoir faire en cuantos acontecimientos sociales se veía obligado a participar. Acostumbrado a los refinamientos de París y a la politesse, sabía encontrar las palabras que sirvieran de acicate al provinciano orgullo patrio de los españoles. El día 2 de mayo de 1897 (El Adelanto, 3 mayo, 1897), las autoridades salmantinas ofrecieron un banquete homenaje a los representantes de las compañías ferroviarias francesas —de París, Lyon, Burdeos y Toulouse— que cruzaban la provincia. El menú, servido en los salones del Café Suizo por el Hotel del Comercio, mereció este elogio de Don Alfredo, presentado en la ocasión como jefe superior de administración de los ferrocarriles del Oeste: “El banquete que acabamos de celebrar no le servirían mejor en París, causándome agradable sorpresa el que en Salamanca pueda hacerse esto”. Tal fue su norma durante los 27 años que residió en España, y fue así como se convirtió en una persona conocida y respetada en Madrid, especialmente en los círculos políticos y financieros. Por motivos de trabajo o como personaje del gran mundo, no era raro encontrar su nombre en los periódicos.
De aquellos primeros años en España, hay un breve, valioso y humano testimonio  de cuando visitó al gerente de la West Galicia Railway Company, el abuelo materno de C. J. Cela. En un articulito publicado en junio de 1994, el escritor recordaba: “Löwy pasó unos días en la casa de mi familia en Villagarcía y durmió un par de noches en la casa de Iria Flavia … estuvo pescando salmones con mi abuelo John Trulock en el río Ulla … hacia 1898 … mi madre era pequeña de dos o tres años y siempre oyó decir que Löwy la cogía en brazos y le hacía cosquillas. Löwy era algo mayor que mi abuelo … visitó la catedral de Santiago de Compostela … y los pazos de Oca y de Cambados … [fue a] la isla de La Toja a ver volar al espectacular y huidizo somormujo y a Carril a comer almejas. De todo esto se guardaba memoria en nuestra familia … Quizá hubiera alguna carta o alguna nota en el diario de mi abuela, al que devoraron el tiempo, la desidia y la humedad, y remató el incendio de hace once o doce años”. (C. J. Cela, ABC, «Una noticia quizá curiosa», 3 junio 1994)
            1905 debió de ser un año feliz para don Alfredo. Sus jefes en París le confían la dirección de la MCP y O, una línea internacional, no la provinciana de Medina del Campo a Salamanca. Sin duda, Philippe Bunau-Varilla lo recompensaba también por su colaboración para la firma del tratado con Estados Unidos sobre el canal de Panamá. Tras una cascada de rumores, ofertas y contraofertas, negociaciones no autorizadas, compra y venta de cánones, amenazas de enfrentamientos civiles e inestabilidad política, cablegramas mendaces que hablaban de la erupción de Momotombo en Nicaragua —alternativa a Panamá—, cabildeos en el Congreso estadounidense y con políticos panameños separatistas, el 18 de noviembre, quince días después de que Panamá se separara oficialmente de Colombia, se firma el Tratado Hay-Bunau-Varilla, por el que pasa a los Estados Unidos el control de las nuevas obras del canal.
Ese reconocimiento de su lealtad hacia Philippe Bunau-Varilla alcanza su cénit en la primavera de 1905, con las elogiosas palabras que el presidente Roosevelt le dirige en los jardines de la Casa Blanca con motivo de la celebración en Washington del 7º Congreso Internacional de Ferrocarriles: “El señor Bunau-Varilla es un gran hombre, lo que ha hecho por Panamá es extraordinario. Le felicito por haber estado con él en Panamá y me alegra sobremanera poder estrecharle a usted la mano”. (A. Northey, El clan de los Kafka, p. 49)



Postales enviadas por Alfred Löwy a sus padres en mayo de 1905.
Procedencia: Klaus Wagenbach, Kafka. Imágenes de su vida.
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 1998.
Antes de viajar a Estados Unidos, don Alfredo había subido otro peldaño importante a mediados de febrero, cuando lo recibió el rey Alfonso XIII y departió largamente con él para tratar de la competición náutica de motor —la travesía desde Toulon a Argel con escala en el puerto de Mahón—, en la que Le Matin tenía intereses económicos. Primero el rey de España, luego el presidente de los Estados Unidos. La consideración social de don Alfredo, su prestigio, eran incuestionables, lo cual siempre venía bien para los negocios. Prueba de ese crédito es que a primeros de octubre el Ministerio de Fomento lo designa vocal de una Comisión Nacional para promocionar el turismo junto a los marqueses de Valdeiglesias y de Guadalmina, el duque de Santo Mauro y el director de la Biblioteca Nacional, el eminente don Marcelino Menéndez Pelayo. La guinda de ese año de reconocimiento profesional y social la pone el presidente de la República Francesa, Émile Loubet, de visita oficial en noviembre, que le impone en una impresionante recepción en la embajada francesa la medalla de Caballero de la Legión de Honor.
Alfredo Loëwy era un hombre leal y con espíritu de servicio. Nunca había aspirado a convertirse en un Philippe Bunau-Varilla —un tiburón de las finanzas, como lo empezaban a llamar en algunos periódicos—, en constante batalla —triquiñuelas legales, embustes, maquinaciones— para acrecentar su fabulosa fortuna. Como hombre de orden, Loëwy se conformaba con hacer bien su trabajo, recibir el reconocimiento de sus superiores, gozar de una seguridad económica que le permitiera mantener su tren de vida, no lujoso ni derrochador, aunque sí refinado en el vestir y en el comer, y exquisito en los lugares y personas que frecuentaba, y disfrutar de una intachable imagen pública. No se podía decir que le hubiera ido mal la vida. La lealtad a los Bunau-Varilla tenía su recompensa.
Y su precio. Es cierto que no era él quien tomaba las decisiones en la compañía, pero ¿acaso quería hacerlo? Mejor que la responsabilidad última estuviera en el despacho parisino de Philippe Bunau-Varilla.
Loëwy había cumplido ya 53 años, no era un vejestorio, pero necesitaba tranquilizar su vida, acabar con los viajes continuos a pie de vía para comprobar la marcha de los trabajos, con la briega diaria en una empresa con cientos de obreros, con el incordio de estar disponible las veinticuatro horas del día por si fallaba un suministro, se preparaba una huelga o se producía un choque o un descarrilamiento. Menos tren, pensaba, salvo los viajes de verano a París y a Praga, y más Madrid, más esparcimientos privados con sus amistades: el aristócrata José Gil de Biedma, tercer conde de Sepúlveda, diputado conservador por el distrito de Riaza; Eleuterio Delgado, segoviano también, abogado del Estado, ex secretario de Hacienda y consejero en la Compañía arrendataria de Tabacos; Francisco Lastres, habanero de nacimiento, doctor en Derecho y senador vitalicio; Leopoldo Collado, director de Credit Lyonnais en Madrid; León Cocagne, socio fundador del Banco Español de Crédito, presidente de la Cámara de Comercio francesa en Madrid, accionista en varias compañías de ferrocarril, inversor minero en el norte de África, presentado así por el semanario satírico Gedeón (16 octubre 1902, p. 5): “El más  influyente y mangoneador del sindicato de los francos francés, Monsieur Cocagne. Ya saben, pues, los franceses, cuál es el verdadero pays de Cocagne (país de Jauja). España”. Caciques estos, aves de rapiña esos, políticos que usan la llamada puerta giratoria aquellos, grandes capitalistas todos, capitostes, por tradición familiar o por méritos propios, en la cúspide de las finanzas del país.
Su economía personal estaba además reforzada con los beneficios como administrador  delegado de una sociedad de ahorro y seguros de vida, La Mutualidad Española, que en muy poco tiempo se había labrado excelente reputación y estaba expandiéndose en las principales ciudades del país. A esas alturas de su vida, consideraba satisfechas las expectativas de su juventud.
Löwy nunca se inmiscuyó públicamente en política, barajaba con discreción la alternancia de liberales y conservadores en el gobierno, pues tenía amigos en uno y otro bando, y buenas relaciones con la familia real y con los presidentes del Consejo de Ministros. Era también la imagen humanitaria y cultural de la compañía, y aparecía en los periódicos como un caballero que se sumaba a todas las causas patrióticas, un filántropo que hacía donaciones para las campañas navideñas promovidas por la reina Victoria Eugenia para paliar el hambre de los pobres, el ciudadano que aportaba un generoso donativo para el monumento a Martínez Campos en El Retiro, el prócer espléndido que donaba 500 pesetas para la creación de dos cartillas escolares para dos niños nacidos en Madrid el mismo día que el infante don Alfonso, o el ilustre prohombre que sufragaba un premio de ensayo sobre la «Intervención de la Asociación General de Empleados y Obreros del ferrocarril en los conflictos entre la Compañía de ferrocarriles y sus empleados y obreros».
El 21 de marzo de 1908 tiene lugar otro de esos acontecimientos que espolean la satisfacción y el orgullo personal, otra ocasión de que París reconociera sus servicios, el remate de un proyecto que había tardado 3 años en materializarse: la sustitución del viejo puente de hierro sobre el río Sever, en la frontera de España con Portugal, cerca de Valencia de Alcántara, en la provincia de Cáceres. La descripción detallada del proyecto, diseño y fabricación de las vigas, el transporte y la sustitución por una nueva estructura de hierro mediante corrimiento lateral sobre raíles, puede leerse en el número 1.701 de la Revista de Obras Públicas correspondiente al mes de abril de 1908. Con motivo de la compleja operación, realizada al milímetro por varias brigadas de obreros que se comunicaban mediante banderines rojos y toques de corneta, y tras comprobarse la resistencia de la nueva estructura con el paso de la locomotora número 155, se celebró allí mismo, junto al río un espléndido banquete para 25 comensales: Alfred Loëwy, como director de la Compañía MCP y Oeste de España, el director de la Compañía de Ferrocarriles Portugueses, monsieur Leproux, dos inspectores del Estado —uno portugués y otro español—, ingenieros y adjuntos, jefes de sección y de talleres, capataces y otros empleados. Después del suculento menú —volaille à la portugaise, petits bouchés à la marechale, oeufs brouillés au parmesan, poulet santé à la bordelaise, viandes froides à la Morton, tournedos grillés Marchand, asperges en branches, sauce créme, cronter pralinés, bombe glacé panachée, vins de Madeira, Porto, Collares, Champagne, café, liqueurs— y los brindis, los invitados saborearon excelentes habanos ofrecidos por el atento señor Loëwy y posaron para el fotógrafo en artísticos grupos. Como pez en el agua se sentía don Alfredo en esas ocasiones solemnes —se celebraba la culminación de un proyecto entre dos grandes compañías, entre dos naciones—, pero distendidas en que tenía oportunidad de lucir su caballerosidad y buen gusto.


Retrato de Alfred Löwy. Procedencia:
K. Wagenbach, Kafka. Imágenes de su vida.

Cuando llegó la 1ª Guerra Mundial, la neutralidad española favoreció la bonanza económica y un periodo de tranquilidad en la vida de Alfred Löwy: comidas y fiestas privadas con  el matrimonio Cocagne y sus encantadoras hijas, fiestas con los condes de Lamarlière, antes de su traslado a Pau, las cenas de los lunes en el Ritz, una escapada de vez en cuando al teatro para ver a alguna diva como Genoveva Vix, conciertos y tés privados en la residencia del embajador Ory. En ese encopetado mundo de marquesas, condesas y vizcondesas, señoras y señoritas de, elegantes con sus muarés y sus cachemir, sus caros perfumes parisinos y sus relatos insustanciales sobre las vacaciones en Biarritz se le pasó la guerra a don Alfredo, que había cumplido ya 65 años. Solo en una ocasión hubo de salir brevemente a la palestra pública durante la guerra. Fue en 1916, cuando la plantilla completa de la línea de Medina del Campo a Salamanca, más de 200 obreros, se declaró en huelga. Nada pudo hacer él, por muy bien que comprendiera las peticiones del sindicato, como le dijo a su amigo Isidro Pérez Oliva, diputado liberal por Salamanca, cuando acudió a él para que solucionara el conflicto. La negociación con los representantes sindicales no estaba en sus manos, sino en París, así que se limitó a telegrafiar y solicitar la presencia inmediata de un miembro ejecutivo del Comité, como Monsieur Drouin, o bien que se le diera poder a una persona residente en España. He aquí la carta que escribió al alcalde de Salamanca (El Adelanto, 27 abril, 1916):
Muy señor mío y de mi mayor consideración:
Ha sido en mi poder su atento telegrama de ayer, recibido hoy mañana, en el que me ruega procure facilitar la solución a la huelga planteada por el personal MS y en su contestación tengo el honor  de manifestarle que no está en mis atribuciones facilitar la solución que se desea, pero sin embargo me es muy grato comunicarle que lo he recomendado y encarecido con el mayor interés al Consejo de la compañía, quien sin duda hará todo cuanto esté de su parte para llegar a una solución armónica, con lo que tendría por mi parte la mayor satisfacción. Aprovecha esta ocasión, etc.
Los últimos actos públicos de relevancia en que intervino, a sus 69 años,  fueron presidir junto al ministro de Fomento la comitiva oficial en el entierro de las 9 víctimas de un choque de trenes en Villaverde, y en el verano de 1921 viajar hasta Lisboa, donde el presidente de la República Portuguesa le impuso la medalla con grado de oficial de la Orden Militar de Cristo. En la primavera siguiente pudo sentir quizá por última vez la íntima satisfacción del deber cumplido como director de la compañía MCP y Oeste de España, cuando las mejoras en el trazado, en los tiempos de parada y en las locomotoras acortaron en dos horas el viaje de Madrid a Lisboa. Ese fue quizá su último servicio a los Bunau-Varilla.
Alfred Loëwy murió en Madrid casi repentinamente de una afección renal el 28 de febrero de 1923. Los principales periódicos de la capital y algunos de provincias informaron de su fallecimiento. En el ABC del día siguiente se publicó una esquela en la que destacamos dos hechos, don Alfredo Loëwy y Porgés murió como católico —el aviso está encabezado por una cruz cristiana; aparece la consabida frase: “habiendo recibido los auxilios espirituales”—, y ninguno de sus familiares asistió al entierro: “sus hermanos, sobrinos y demás parientes (ausentes)”. Pese a lo que acabamos de afirmar, no parece que hubiera misa, pues según se especifica en la misma esquela, el féretro salió de su domicilio particular (calle Mayor, número 28) directamente hacia la Sacramental de Santa María, a hombros de empleados ferroviarios. La comitiva estuvo presidida por el embajador de Francia, el consejero de la embajada, el cónsul francés y los consejeros de las compañías de Madrid a Cáceres y Portugal, Medina del Campo a Salamanca y Mutualidad Española, acompañados de buen número de empleados y obreros del ferrocarril. Ese mismo día los lectores de El Debate podían leer un breve elogio firmado por el Abate Faria: “La muerte del respetable caballero, dechado de bondades y fiel cumplidor de las virtudes sociales, ha sido extremadamente sentida por cuantas personas tuvieron la fortuna de cultivar su trato”.



Con esas palabras dictadas por la cortesía y la etiqueta, aunque certeras, se cierra el ciclo de un hombre que buscó desde joven la cercanía de las grandes fortunas y la alta sociedad. Un apátrida, nacido checo, de ascendencia alemana, naturalizado francés y afincado en España durante treinta años. Judío por nacimiento, católico no sabemos si por convicción, por comodidad, por necesidades del negocio. Reconocido y respetado en las más altas esferas económicas y sociales de nuestro país. Soltero. Solitario y discreto en su vida privada. Un hombre del ferrocarril. El tío de Madrid.
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A qué el interés por este Alfred Löwy /Alfredo Loëwy, por qué visitar su tumba en Madrid y referir su vida, se habrán preguntado algunos lectores, aunque también es posible que más de uno sepa la razón, que no voy a dilatar más: Alfred Löwy era hermano de Julie Löwy, la madre del escritor checo Franz Kafka, el espíritu benefactor de este blog, que alguna vez hizo planes para venirse a vivir a España con su tío de Madrid. Esa historia quedará para la próxima entrega.